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El taller de Sorrento que convirtió la madera en arte

Entre el serrucho y la memoria familiar, este artesano italiano entiende la madera como un territorio que se hereda y se reinventa a la vez. Desde su taller, que también es su mundo, su oficio rev...

Entre el serrucho y la memoria familiar, este artesano italiano entiende la madera como un territorio que se hereda y se reinventa a la vez. Desde su taller, que también es su mundo, su oficio revela qué implica sostener, generación tras generación, el arte del intarsio, una técnica artesanal de incrustación que embute pequeñas piezas de diferentes materiales —como madera, hueso, nácar...— sobre alguna superficie, para crear diseños especiales.

A los seis años, en el taller de su padre y de su abuelo, en el corazón de Sorrento, Enzo Barile sostuvo por primera vez un serrucho de apenas un milímetro de espesor. Empezó a frecuentar aquel taller desde muy chico porque, según cuenta, “la mente de un niño está libre y aprende con más facilidad”. El taller Biagio Barile fue fundado en 1920 por su bisabuelo, también llamado Biagio, quien impuso en la ciudad la práctica de la tarsia, una técnica de marquetería local célebre en el mundo entero. El oficio pasó luego a Vincenzo, y hoy Enzo lo continúa con su padre, Biagio: juntos representan la cuarta generación de intarsiadores de la familia.

La tarsia sorrentina llegó a la península a fines del siglo XVI, cuando los monjes benedictinos del monasterio de Sant’Agrippino empezaron a decorar objetos litúrgicos con pequeños tacos de madera. Alcanzó su esplendor dos siglos y medio después, durante el Grand Tour, cuando viajeros como Goethe, Stendhal o Wagner hacían escala en la ciudad y se llevaban cofres y bandejas como recuerdo. Fue entonces cuando el ebanista Antonino Damora afinó el contraste entre el nogal oscuro y el naranjo claro, que todavía distingue a la tarsia local de otras tradiciones italianas, y cuando el paisaje de la costa, la tarantela y las escenas campesinas se volvieron los motivos más buscados por coleccionistas europeos. En 1886 la ciudad fundó su propia escuela de arte aplicada al intarsio, y hoy el Museo Bottega della Tarsia Lignea conserva piezas de aquellos maestros, además de producción contemporánea del taller de la familia Barile.

La etiqueta de heredero lo acompañó desde chico, pero con los años su rol se expandió mucho más allá de la tradición recibida: hoy es artesano, diseñador y una de las voces más lúcidas al pensar el intarsio como un arte en tensión permanente entre el pasado y el presente. “Nuestra empresa llega hoy, conmigo, a vislumbrar una perspectiva que en el pasado no teníamos”, relata.

En su manera de hablar, la continuidad del oficio familiar aparece como una elección cotidiana, resultado de una convivencia diaria con la madera. La técnica, lejos de reducirse a la repetición de un gesto heredado, fue objeto de una transformación deliberada. “Hace unos veinte años, con mi padre creamos un estilo de intarsio distinto del tradicional, el estilo moderno, siempre sin abandonar las técnicas antiguas”, explica. Para Enzo, ese diálogo entre lo nuevo y lo antiguo exige una fidelidad estricta al trabajo manual. “Las técnicas de recorte deben ser las tradicionales, con una sierra de un milímetro, y me opongo completamente al uso del láser. Los productos tienen que estar hechos a mano y ser imperfectos, el cliente debe entender y ver que son objetos artesanales, no objetos de serie”.

El intarsio nace de un gesto simple, que se vuelve complejo con la repetición: cortar finas láminas de madera, llamadas impiallacciature, y ensamblarlas como piezas de un rompecabezas hasta componer una imagen. “Todo empieza con un dibujo -relata-, un paisaje de la costa, una escena campesina o una composición geométrica, que se traza primero sobre papel y después se transfiere a las láminas antes del corte. Nuestro taller trabaja con maderas de la vegetación local: nogal, naranjo, olivo y limonero, combinadas con especies más oscuras, como el ébano y el palosanto, para lograr contraste. Cada lámina se recorta siguiendo ese dibujo y se encastra pieza por pieza sobre un soporte de madera maciza. Para lograr las sombras y los volúmenes, aún recurrimos a una técnica que tiene siglos: sumergimos brevemente el borde de cada lámina en arena caliente, hasta que el calor tuesta la fibra y produce un degradado natural que imita el claroscuro de una pintura. Al final, la superficie se lija y se barniza hasta que las vetas de cada madera quedan a la vista, como si fueran pinceladas”.

El resultado de ese proceso, lento y manual, se aplica hoy a objetos muy distintos entre sí. Cofres y joyeros, bandejas, espejos, cuadros y mesas conviven en el taller con encargos más ambiciosos, paneles decorativos, muebles a medida y piezas de diseño pensadas para hoteles y boutiques internacionales. Las escenas tradicionales, paisajes de la costa, motivos florales, la tarantela bailada por parejas campesinas, siguen apareciendo junto a composiciones geométricas de estilo más contemporáneo, la línea moderna que particulariza al taller dentro de la tradición. En todos los casos, la pieza terminada conserva la textura irregular de la madera trabajada a mano, la marca que distingue un objeto de tarsia sorrentina de una simple imitación impresa.

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Ese equilibrio, que exige sostener dos lenguajes de un mismo arte, se volvió con el tiempo una disciplina consciente. “Equilibrar la modernidad con la historia antigua del intarsio es muy difícil, son dos estilos del mismo arte completamente distintos entre sí -reconoce-. Intento lograrlo manteniendo combinaciones de colores que no se alejen del todo de los esquemas tradicionales”. Una colección nueva enfrenta, a su modo, ese mismo desafío. “Cada vez que creamos nuevas colecciones, algo que la empresa cambia periódicamente, es siempre un desafío nuevo. Trato de imaginar el gusto del cliente final y, sobre todo, el lugar que ocuparán nuestros objetos en las casas actuales”.

Un oficio a punto de perderse

La madera, para Enzo, exige un respeto que empieza mucho antes de que la pieza llegue a manos del cliente. “Las dificultades al trabajar con este material son muchas, sensibles incluso a las variaciones climáticas y al país de procedencia de la madera -expresa-. Nunca hay que subestimar la materia prima que se está usando para evitar problemas futuros en el producto terminado”. Esa demanda del material convive con una exigencia de época: sostener un oficio artesanal en un mercado que cambia de gustos cada temporada. “La percepción del intarsio cambió por completo en las últimas dos décadas, según las exigencias y los gustos de la clientela -reflexiona-. Por eso creo que siempre hay que proponer algo que se integre a los ambientes actuales y que atraiga también a un público joven”.

Detrás de esa reflexión late una preocupación mayor: la de un oficio que se achica con cada década que pasa. “Al igual que todos los oficios artesanales, el del intarsio corre riesgo de desaparecer aquí en Sorrento”, admite. “En los últimos veinte años quedó apenas una docena de talleres, cuando en los años noventa había más de trescientos. Lamentablemente no hubo recambio generacional”. Frente a ese panorama, Enzo deposita su esperanza en las familias que todavía eligen transmitir el oficio. “Espero que muchos padres orienten a sus hijos hacia los oficios artesanales, como estamos haciendo mi esposa y yo con el nuestro”.

Las piezas de Biagio Barile traspasaron, con los años, las paredes del taller familiar. Diseños exclusivos vistieron colecciones de Gucci y de Christian Dior. Las cajas, los espejos y los cuadros de la familia se venden hoy en Neiman Marcus, Bergdorf Goodman, el Smithsonian, la Rinascente y Liberty de Londres, además del propio local en Sorrento. Sin embargo, para Enzo, trabajar con una marca internacional apenas modifica la lógica del taller: “Un encargo de una gran marca no difiere demasiado de otros pedidos, porque muchas veces somos nosotros quienes proponemos los diseños y las combinaciones de colores, dejando siempre la última palabra sobre las muestras a ellos”.

Esa naturalidad frente al reconocimiento internacional tiene raíz en una pedagogía muy concreta, la que Enzo recibió de su padre y que hoy intenta trasladar a su propio hijo. “Las enseñanzas que recibí y que sigo recibiendo de mi padre son muchas, pero la más importante es la experiencia”, cuenta. “Tener un padre detrás, que no solo enseña, sino también te mantiene con los pies en la tierra y te hace bañarte en humildad constantemente es muy importante para mí, y me facilita el acercamiento con la clientela”. Esa misma humildad es, para él, la herencia que más vale transmitir. “A mi hijo intento enseñarle, en el trabajo como en la vida, el respeto hacia los demás y la educación. Son los dos ingredientes principales, sin los cuales no se llega a ningún lado”, concluye, con la certeza tranquila de quien sabe que el intarsio, después de cien años, sigue siendo cosa de familia.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/el-taller-de-sorrento-que-convirtio-la-madera-en-arte-nid03102026/

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