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El curioso oficio que comenzó de casualidad y que cambió el ánimo de la televisión

“La televisión me ayudó en todo”, dice Cristian “Lombriz” Cires, sentado en el estudio de radio y streaming al que bautizó Emisora Pirata, espacio que armó solo en el Club Premier, en l...

“La televisión me ayudó en todo”, dice Cristian “Lombriz” Cires, sentado en el estudio de radio y streaming al que bautizó Emisora Pirata, espacio que armó solo en el Club Premier, en la zona de Parque Centenario, impulsado por la pasión de cumplir un sueño. Su imagen está asociada a la risa, pero no por contar chistes, sino porque su vocación es reírse en la tele, un oficio al que llegó por azar cuando empezó a estudiar teatro. Para recapitular sus inicios, sonríe y recuerda que todo comenzó en su primera clase, cuando los profesores pensaron que era hermano de Fabián Vena -a principios de los 90, época de La Banda del Golden Rocket– por sus pelos largos y sus rasgos faciales.

Si bien la confusión fue aclarada –“No, nada que ver”-, como también hizo una vez en la fila de un supermercado del barrio San Juan, en Morón, donde pasó su infancia, el parecido le sirvió para que lo convocaran a inscribirse como doble del actor en el Sindicato de Trabajadores del Espectáculo Público. “Sí, sí, es muy parecido”, recuerda que le dijo una persona que se sorprendió por las similitudes y no dudó en anotarlo. “Háganle la ficha”.

Quedaron en llamarlo, pero pasaron los días, las semanas, y el teléfono nunca sonó. Volvió y le recomendaron que mejor se anotara de extra para ocupar las tribunas de los programas y aplaudir. “Se pagaba entre 8 y 10 pesos”. Ese cambio de rumbo lo llevó a recorrer distintos canales y desplegar las alas en el medio. Primero en el viejo ATC, en La torre de Babel, con Antonio Gasalla; después se sumó al Palacio de la risa en una selección que, además de Gasalla, estaban Humberto Tortonese, Alejandro Urdapilleta y Verónica Llinás, entre otros.

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“Empecé a entender más o menos cómo era la cosa. Si me quedaba sentado no me iba a llamar nadie porque no soy rubio ni tan bonito –dice y se ríe sin ningún truco-. No me vestía bien, me vestía como un ciruja, igual que ahora. No era el de saco y corbata o el rubiecito, pelo cortito que encaja en todos lados”, explica con las manos en los bolsillos de una campera roja y blanca con el escudo de Morón. “Entendí que había que molestar un poco”.

Su arribo a la televisión fue inesperado. De frecuentar unas clases de teatro sin muchas expectativas, pasó a la pantalla chica, algo que, en sus sueños de juventud sentado en un cordón del conurbano en el barrio San Juan, no estaba en la lista. La aventura del extra lo llevó a establecerse, y no solo recorrió los cinco canales de aire, también fue extra en Tango Feroz y tuvo participaciones en películas con Guillermo Francella, Luis Brandoni, María Rosa Gallo, Claudia Fontán y Javier Lombardo. Y su más reciente personaje fue en un capítulo de la serie Gutiérrez is mai neim.

“Hay lugares a los que no me hubieran dejado entrar si no estaba en la tele… como dijo (Diego Lorenzo) “Hueco” –su compañero de risas en TVR-, nosotros éramos los trapitos o los de la tele. Bueno, nos tocó ser los de la tele –vuelve a dar una carcajada sin actuar– si no, no entrábamos ni a palos”, explica y, en segundos, se pone serio para reflexionar sobre algo que entendió con el tiempo en el medio televisivo. Si bien reconoce que esta vida le abrió las puertas del éxito, aclara: “Entendí que son las puertas de la mentira. Por eso, nunca me creí que era yo el que entraba a esos lugares, es el de la tele”.

Lombriz pasó por Duro de domar; bailó con Rodrigo; estuvo 10 veces con Maradona; conoció a todos los músicos de rock más importantes del país; deambuló por La noche del domingo con Sofovich; por Mañanas informales, el ciclo que llevó adelante Jorge Guinzburg; hizo de las suyas en Mar de fondo, con Alejandro Fantino en la conducción; se lo vio en Fugitivos, junto a Matías Martin, y trabajó en varias oportunidades con los hermanos Korol. Pero el título de su oficio llegó cuando se topó con Roberto Pettinato en el programa 360 que conducía Julián Weich, que lo tentó para irse a trabajar con él a un nuevísimo TyC Sports, al programa Orsai, en el que el exmúsico de Sumo compartía pantalla con Gonzalo Bonadeo.

“Me llamaron de TyC Sports y yo no sé nada de fútbol”, recuerda que le dijo Pettinato. “Hago un chiste y no se ríe nadie, hay dos cámaras y el estudio es chiquito”, dice Lombriz al repasar la charla. “Venite con dos amigos más”, fue el cierre. Ahí nació el grupo de tres que iba a los programas a reírse, integrado por Martín “Negro” Gauna –fallecido el año pasado y al que decidieron no reemplazar– y Diego “Hueco” Lorenzo. Los tres chiflados de la risa que en Orsai dejaron de ser el grupo de risas y aplausos, para convertirse lisa y llanamente en los reidores.

“Nosotros rompimos la cuarta pared, hasta diría que nos metimos adentro. Empezamos a actuar, nos metíamos... si hacía falta alguien con peluca y vestido, ahí estábamos. Hacíamos un montón de cosas y nos empezaron a llamar de todos lados y, sin querer, se formó ese grupo. Petti nos decía al aire: “los reidores, los reidores”, y hoy en el sindicato, a la gente que hace eso se la llama ‘reidores’”, cuenta orgulloso de ser el inventor de este nuevo oficio que antes no existía.

“No dejamos de estar en segundo plano porque, obviamente, siempre es el conductor el principal y los que están adelante de la cámara, pero nosotros siempre decimos que somos masajistas del ego. Si al que está adelante le va bien, nos va bien a todos. Entonces al que está adelante le tiene que ir bien –explica–. Ya con el aplauso, tirar un par de boludeces y que se rían los cámaras, ya está. El clima es totalmente otro y el que está conduciendo se va a sentir bien, inevitablemente”.

Para explicar lo que fue, lo que es y lo que será, Lombriz cita de memoria un extracto de Crónicas del Ángel Gris, de Alejandro Dolina:

No es verdad que las calamidades conduzcan el arte. Pero es indispensable hacer saber a todo el mundo que para ser artista hay que pagar un alto precio. Debe uno resignarse a estudiar las arduas cuestiones técnicas. Debe uno sufrir y hacerse mala sangre allí donde otros pasan de largo. Debe uno aprender a ver secretas señales donde nadie ha visto nada. Debe uno atormentarse cuando siente que hay un verso que no será capaz de escribir nunca. Debe uno seguir ciegamente misteriosos llamados que conducen casi siempre a la desdicha. Debe uno pelear contra el destino, aun sabiendo que será derrotado. Después –si tiene suerte– es probable que obtenga fama y dinero. Pero ya no le importará demasiado.

Al repasar los momentos en los que sintió que había llegado a lo más alto, lo primero que se le cruza son las veces que estuvo con Maradona. Las camisetas firmadas, las charlas, las fotos, momentos infinitos que equipara con esa frase del astro en el potrero de Villa Fiorito y conocida por todos: “Mi sueño es jugar un mundial”. También destaca que fue parte de la canción de los parecidos de TVR, algo que retrata como “sentarse en la mesa con Mirtha Legrand”. En total, salió tres veces en ese especial, pero la primera vez que lo vio sintió “tocar el cielo”.

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Y lo último que tiene en la vitrina empotrada de su mente, es el corto que estudiantes de cine realizaron sobre su vida. Lombriz con pelos se llama el trabajo y está dirigido y escrito por Mateo Allerand y Martín Vergara. El año pasado participó del festival Bafici y también estuvo en la cartelera del Mafici, el festival de cine que se organiza en Puerto Madryn. “Al principio, cuando me escribieron al Instagram y me contaron que querían hacer una película sobre mí, pensé, estos pibes están drogados. Pero tuvimos varias reuniones, me contaron el proyecto y decidí ayudarlos”, dice, y todavía le parece extraño todo lo que le pasó. “¿Qué puede interesar de lo que yo diga?, me preguntaba en ese momento, pero también entendemos que rompimos una estructura dentro de un ámbito como la televisión…en la vida me imaginé salir en tele. Cuando vivía en mi barrio, no me imaginaba un montón de cosas: viajar a Europa, por ejemplo”.

A Lombriz con pelos, o tan solo Lombriz, le llevó tiempo asumir el apodo que le pusieron en la televisión. Hubiese preferido “Sandokán, He-Man o Tarzán”, se lamenta y a la vez sonríe, aunque no duda en darse vuelta cuando lo llaman así. Nadie le dice Cristian ni tampoco se niega a hacer lo que sabe: reírse. Un truco que fue madurando y lo hace sin forzar nada. “Me sale desde la panza”, explica. En el momento que sea lo puede hacer. Es agradecido y reconoce que “peor es laburar”, algo supo hacer antes de pegar el salto en lo suyo.

Se subió a los transportes públicos a vender lo que iba a comprar a Once. Destornilladores, pañuelos de tela, vendió de todo. En colectivos, casas por casa, no tenía problema. “Era buen vendedor”, dice. Y también fue tarjetero de Museo Rock, un boliche de rocanrol que en sus inicios estaba en las calles de San Telmo. Ahí conoció a las bandas de la época que empezaban a escalar en los 90: Callejeros, Los Gardelitos y Viejas Locas, con quienes ya tenía un vinculo por su amistad con el bajista, Fabián “Fachi” Crea.

“En mi casa se escuchaba FM Latina. Mi hermana escuchaba Dyango, Alejandro Lerner, que a mí me gustan también, hasta que un día escuché rock. Charly García, Los Rolling Stones, y me partió la cabeza”, repasa sobre su vínculo con la música, un aspecto fundamental de su vida con el que pudo meterse universos que nunca se imaginó. De subir al escenario a reírse en una canción de Ataque 77, vestirse de monja en un show de Villanos, a ser el primer prensa de Callejeros, presentarlos en vivo y contar chistes.

“Pegué mucha onda con Pato (Patricio Fontanet) sin saber que era el cantante (de Callejeros), porque nunca los había ido a ver, y me dejaron un demo de cuatro o seis temas. Lo empecé a pasar, le decía al DJ que pase la canción Sonando. Esa fue la primera que se escuchó en Museo de Callejeros. Empezaron a venir todos los fines de semana, charlamos de la vida, de un montón de cosas, hasta que un día me invitaron a verlos en el Teatro del Plata. Después, otro día me invitaron al Marquee y, como los venía ayudando con algunas notas que les conseguía, más que nada para darles una mano, me preguntaron si no quería hacerles la prensa. No tengo idea qué es eso, les respondí, y solo me dijeron: ‘Es lo mismo que viniste haciendo hasta ahora’. Y así arrancamos”

El mundo del entretenimiento es lo que atraviesa a Lombriz, un tipo que pasó el umbral de los 50 años, pero con la inquietud de conocer y contar historias intactas. Estudió periodismo de grande, escribió en una web de rock, entrevistó a La Renga, hizo televisión como conductor de su programa Tiempos de rock por la pantalla del Canal de la Música, llevó ese formato a la radio, a la extinta FM Zoe 107.1 y se armó su propia transmisión por internet con el nombre de Emisora Pirata, un proyecto que en octubre va a cumplir 10 años, y es donde se lo puede ver y escuchar.

“Se escucha por la página, por la aplicación y ahora por YouTube, no nos quedó otra. Ahora nos acostumbramos a la cámara. Es mejor, te da otra visibilidad. Aunque siga creyendo que la radio es radio y la televisión es televisión, porque se pierde la magia, hoy me hacía falta. No quería, hasta que, en pandemia, empecé a ver los programas partidarios de Morón y me quedaba mirando a dos tipos que estaban sentados. Me decía, soy tarado, por qué no hago cosas, mientras los escuchaba… Ahí me di cuenta que yo también tenía que poner cámaras”.

-¿Qué te faltaría hacer?

-Recibir un Martín Fierro por trayectoria. Hace 34 años que trabajo en la tele.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/el-curioso-oficio-que-comenzo-de-casualidad-y-que-cambio-el-animo-de-la-television-nid03102026/

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