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Deporte, autopercepción y realidad

A dos años de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028, el Comité Olímpico Internacional (COI) intenta poner fin a un conflicto que arrancó con el cambio de algunos paradigmas de nuestra soci...

A dos años de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028, el Comité Olímpico Internacional (COI) intenta poner fin a un conflicto que arrancó con el cambio de algunos paradigmas de nuestra sociedad con fuerte impacto en el deporte.

Cuando la realidad se impone y hace sentir sus efectos, los discursos montados sobre cuestiones de autopercepción se vienen abajo por simple ley de gravedad. Así ocurrió cuando las competencias deportivas pusieron sobre el tapete las diferencias que muchos aún se negaban a aceptar, cuestionando cualquier posición considerada conservadora por simplemente osar hablar de diferencias sexuales que se traducían en aptitudes diferentes y tan incuestionables como definitorias. En nombre de este polémico “progresismo”, las más perjudicadas resultaban ser las mujeres deportistas, obligadas a enfrentarse con quienes demostraban tener mayores posibilidades de éxito por su desarrollo físico. La diferencia entre hombres y mujeres en deportes de fuerza puede alcanzar el 30% y eso constituye una enorme ventaja, además de un riesgo para la seguridad.

La nueva norma que anunció Kristy Coventry, presidenta del COI, en marzo último, se sustenta en principios biológicos y científicos elaborados por expertos médicos que, como tales, dejan de lado el ingrediente sociocultural. Considera, pues, como única prueba válida la presencia o ausencia del gen SRY detectado en saliva, con hisopo bucal o muestra de sangre, asociado al desarrollo sexual masculino y que no sufre alteración a lo largo de la vida, para diferenciar entre uno y otro sexo. A partir de los próximos juegos olímpicos, ya no se considerarán los polémicos niveles de testosterona.

En 2021, el COI fijaba que cada federación deportiva debía determinar el marco para la participación de las mujeres trans. Los controvertidos casos de la primera atleta transgénero que compitió en unos Juegos Olímpicos, la halterófila Laurel Hubbard, y de la boxeadora con hiperandrogenismo Imane Khelif, quien se quedó con la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de París 2024, antecedieron los nuevos anuncios. Estos no tendrán efectos retroactivos y aplicarán tanto para deportes individuales como por equipos. Se advierte que se contemplarán “raras excepciones” como diferencias o trastornos del desarrollo sexual. Los atletas transgénero XY y con trastornos del desarrollo sexual sensibles a los andrógenos competirán en las categorías masculinas.

Cuando los deportistas que se identifican con el colectivo LGBTIQ+ crecen en número, el debate sobre inclusión y equidad transforma el clima de cualquier competición. La recomendación inicial del COI de respetar la identidad de cada deportista de élite, usando el nombre con el que se identifican, evitando enfoques invasivos o inapropiados se volvió reflejo de una conversación global que excede lo estrictamente deportivo y que sigue buscando su cauce.

Hay quienes consideran que la decisión del COI implica un retroceso que alimenta el estigma y la discriminación, planteando un escenario que vulnera el derecho a la identidad de género que muchas legislaciones reconocen. Siguiendo las recomendaciones de expertos médicos, luego de una sencilla prueba no invasiva, los nuevos parámetros de elegibilidad impedirán competir en los Juegos Olímpicos a mujeres trans y a personas con desarrollo sexual diferente (DSD) que hayan pasado por pubertad masculina. Si entendemos al deporte como un puente hacia la equidad y la inclusión, el punto de partida para cualquier competencia debe fijarse de forma justa para no favorecer a unos en desmedro de otros. Cabe apoyar, por lo tanto, la decisión del COI.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/editoriales/deporte-autopercepcion-y-realidad-nid04112026/

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