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Una de fantasmas

La medicina tiene cada metáfora... Así como existen nombres estrambóticos, casi impronunciables, hay también en esta ciencia una poética o una inclinación hacia imágenes literarias para nomb...

La medicina tiene cada metáfora... Así como existen nombres estrambóticos, casi impronunciables, hay también en esta ciencia una poética o una inclinación hacia imágenes literarias para nombrar determinadas dolencias que con frecuencia pasamos por alto y que finalmente resultan tan curiosas. Por ejemplo, los cardiólogos llaman “holiday heart” a un tipo de arritmia que se presenta después de tomar demasiado alcohol; “cara de póker” –lo que en la vida cotidiana se usaría para hablar de alguien que tiene una expresión imperturbable o difícil de leerse– se refiere a la hipomimia, un rasgo frecuente en pacientes con Parkinson, que pierden la expresión facial; por no mencionar al más policial “dedo en gatillo”, para señalar a una falange que se queda atascada, así, en posición flexionada, como si se estuviera a punto de disparar un arma imaginaria.

Supe por primera vez del síndrome del “miembro fantasma” en Los errantes, el fascinante libro de Olga Tokarczuk que publicó Anagrama en la Argentina en 2019, el año que la escritora polaca ganó el Premio Nobel. En ese conjunto de relatos, apuntes e historias de una suerte de cuaderno de viaje que se animaron a clasificar como novela, el cuerpo y sus partes son tan centrales como la naturaleza del nómade. Muchas veces la autora recurre a casos reales, como el del anatomista flamenco Philip Verheyen (1648-1710), que le escribía cartas a su pierna amputada. “¿Qué es lo que me espolea cuando siento dolor y hormigueo si mi pierna fue de mí separada y flota en alcohol?” El hombre –que además fue quien en honor al griego bautizó Aquiles al famoso tendón- había perdido su miembro tras una infección derivada de un accidente al que sonaría despiadado llamarlo “menor” (un clavo le rasgó la piel subiendo una escalera estrecha) y lo conservaba en un frasco en la cabecera de su cama. Con frecuencia, lo extraía del líquido, lo extendía sobre la mesa de trabajo para estudiarlo y hasta lo colocaba alineado a continuación del muñón. Cuando movido por el malestar, en un acto reflejo, Philip buscaba abrazarlo, el lugar de la ausencia, algunos centímetros por debajo de la rodilla, le devolvía a lo sumo el doblez de la sábana. “Al dolor de la pierna izquierda que no cesaba de atormentarlo lo llamó ‘fantasma’ pero no se atrevió a mencionarlo a nadie, sospechando ser víctima de una ilusión nerviosa o de la locura”, explica Tokarczuk.

El cuento que da título a Miembro fantasma (Páginas de espuma, 2026), el reciente libro de la uruguaya Fernanda Trías, alude a una mujer diabética a la que primero le cortaron unos dedos, luego un pie y al momento del relato espera con incertidumbre un veredicto sobre el derecho. Aunque la trama se refiere a otra clase de pérdida (de algún modo los diez relatos son sobre el dolor de la pérdida), en un párrafo, el narrador expande el dato curioso que nos trae hasta aquí: que la madre del protagonista puede sentir el pie que le falta igual que antes de la operación. Que “puede moverlo”, dice, que “le duele horriblemente”, que pudieron “sacarle el pie, pero no pudieron amputarle el dolor”, y entonces menciona que los médicos tienen un nombre para eso: miembro fantasma. “Es como un engaño del cerebro, imagínese, una red de nervios que sigue enviando señales de algo que ya no existe”, dice a su interlocutor en la ronda no sé qué número de ginebra, acodados los dos en la barra de un bar al que asiste otro fantasma mayor, el de las torturas del pasado.

Hace apenas un mes, en una entrevista con LA NACION Trías contaba que trabajó veinte años como traductora médica y que, de alguna forma, ese universo traspasó metafóricamente a su narrativa. Si mucho de los dolores fantasma, como cree la autora, tienen que ver con las adicciones, no sería descabellado pensar hoy en la indicación masiva de una “amputación” de ese miembro artificialmente adosado como una continuación de la mano que llevamos todos. ¡Lo que sufriría el cerebro esa pérdida, se imaginan! Como sabemos, a veces las decisiones drásticas tomadas a tiempo previenen un mal peor.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/una-de-fantasmas-nid15052026/

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