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Una cosa es cambiar, otra muy distinta es mantener

La democracia es el gobierno de la opinión pública: a fin de cuentas, todo se reduce a una elección cada dos años, en la que aquella valida o no el rumbo de un gobierno. El secreto del juego po...

La democracia es el gobierno de la opinión pública: a fin de cuentas, todo se reduce a una elección cada dos años, en la que aquella valida o no el rumbo de un gobierno. El secreto del juego político es interpretar el humor social, cada vez más volátil, en una época signada por un tiempo que se acelera y un espacio que se encoge.

Tiempo y espacio, dos grandes categorías del pensamiento dominadas por una metafísica de una lógica extraña, la del desarrollo de la inteligencia artificial incondicionada, sin mayor reflexión, pero sobre todo sin ética ni estética; sin filosofía, sin otro ideario que el acrecentamiento porque sí. Es la época del decisionismo, una psicología perentoria, en la que el pensamiento estorba y el argumento desaparece: lo único que importa es decidir, y rápido.

Esto permite entender mejor el intento de reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y lo que tiene en común, por ejemplo, con la declaración de un gobernador opositor, que afirmó que, de llegar al poder, su sector simplemente modificará todo, especialmente lo vinculado con la inversión. Es el reflejo de una tensión entre proyectos de país, que representan mucho más que una coyuntura: son posiciones antagónicas que vienen haciendo lo mismo desde casi siempre en la historia. Digamos que es una tensión gastada y detenida en el pasado.

La reforma del estatuto del Banco Central deviene así icónica de la oposición entre esas dos miradas: una, que pasó de proponer detonar el organismo a un acto más módico y de regreso a lo clásico, una misión limitada a controlar el valor de la moneda y la estabilidad de su directorio; otra, no se sabe bien qué, además de oponerse, pero con el antecedente de haber ampliado absurdamente la misión.

Se trata de una vuelta atrás bastante elemental

Por lo pronto, afirmar que estamos ante un cambio normativo del siglo es una hipérbole y –si tal cosa fuera posible– encima exagerada. Se trata de una vuelta atrás bastante elemental, con una debilidad repetida: intentar un cambio de duración permanente con una ley. Y ese es el error: una cosa es cambiar y otra muy distinta mantener. Porque lo de las grandes leyes que venían a transformarlo todo ya lo vimos más de una vez, desde la de convertibilidad hasta la de intangibilidad de los depósitos.

El punto es que con un cambio legislativo no es suficiente: basta ponderar la declaración del gobernador para dimensionar que alcanza una ley para enmendar otra y borrar con el codo lo escrito con la mano, dependiendo del humor social en la elección de turno. Menos una ley que no propone ninguna novedad, en un mundo que exige creatividad anticipadora a los cambios estructurales que están ocurriendo: algunos han llegado a sostener que en unos años el dinero será anacrónico (Musk); ante una economía que podría tener esas características, seguimos enredados en discusiones que parecen cada vez más vetustas.

Lo que falta es seriedad, conducta sostenida en el tiempo. Para no iterar, para no tropezar con la misma piedra. En eso del vaivén del péndulo que no se detiene más, tal vez toque empezar a pensar no tanto desde los absolutos efímeros, sino desde los matices que permiten la permanencia. Y con la vista hacia el futuro, no vuelta hacia atrás. Todo un desafío en tiempos de dogmas e intolerancia.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/una-cosa-es-cambiar-otra-muy-distinta-es-mantener-nid11082026/

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