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Tomás Casares reconstruye la caída de Miami Sharks, el equipo impulsado por empresarios argentinos en EE.UU.

La disolución de Miami Sharks, la franquicia de rugby impulsada por empresarios argentinos, dejó más interrogantes que certezas en torno al desarrollo de ese deporte en los Estados Unidos. A cas...

La disolución de Miami Sharks, la franquicia de rugby impulsada por empresarios argentinos, dejó más interrogantes que certezas en torno al desarrollo de ese deporte en los Estados Unidos. A casi un año del final del proyecto, Tomás Casares, jugador formado en Newman y con experiencia en la Major League Rugby (MLR), ofrece una mirada desde adentro sobre un proceso que combinó ambición, desorden organizativo y una estructura de liga todavía frágil. “Para mí, sigue siendo inestable… No hay ninguna certeza”, advierte a LA NACION, en referencia a un escenario que convive con la preparación del Mundial 2031, del que Estados Unidos será organizador.

La frase no aparece aislada. Casares, que llegó a la liga de Norteamérica en 2022, describe una competencia que, más allá de ciertos avances, no logra consolidarse. “Se bajaron como seis equipos el año pasado, seis franquicias”, señala sobre un proceso que redujo la competición a solamente seis participantes. Ese ajuste, según su mirada, mejoró el nivel deportivo, pero expuso una debilidad estructural que persiste. “Creo que este año es el más competitivo, y eso es porque se achicaron las franquicias, pero lo que es estabilidad, en la liga no hay ninguna certeza”, insiste.

Desde la conducción de Miami Sharks, sin embargo, ponen el foco en el contexto general de la competencia más que en el rendimiento puntual de la franquicia. Milagros Cubelli, CEO del equipo durante la última etapa del proyecto, sostiene que el problema excedió a Miami. “Nos convertimos en el equipo con más ventas de sponsors, de merchandising y con los mejores financials de la liga”, afirma. Pero explica que, paralelamente, empezaron a aparecer “señales de decrecimiento”, como la caída de los derechos televisivos y la desaparición de otros equipos. “Empezó a generarse incertidumbre sobre la sustentabilidad y la proyección de la liga a largo plazo”, resume.

En ese contexto, el caso de Miami Sharks funciona como síntoma. La franquicia, creada en 2023 con fuerte impronta argentina en todas sus líneas, generó expectativas inmediatas. Casares, de 27 años, fue parte desde el inicio y recordó un proyecto que buscaba instalar una identidad desde el primer día. “Estaban armando una cultura sudamericana desde el arranque”, cuenta sobre el trabajo encabezado por el argentino José Cochi Pellicena, exentrenador de los Pumitas. “Creo que si el proyecto hubiese seguido, habría quedado muy bien”, agrega.

Ese perfil no era casual. La organización tenía un grupo de inversores detrás, encabezados por Marcos Galperín, fundador de Mercado Libre, junto con Alejandro MacFarlane (empresario del área de energía) y Ronaldo Strazzolini (un hombre vinculado con los servicios financieros), entre otros. No sólo en lo organizativo había argentinos, también en el staff deportivo y el plantel. “Muchos argentinos y también sudamericanos, que comparten esa pasión y ADN”, explica Casares. La primera incorporación fue en esta línea: Tomás Cubelli, medio-scrum de los Pumas en aquel entonces.

Según Milagros Cubelli, distinguida en 2025 por la liga como ejecutiva del año por el crecimiento comercial y de marca de la organización, uno de los grandes desafíos era adaptar el rugby a la lógica deportiva y cultural de Miami sin perder la esencia sudamericana del proyecto. “La idea nunca fue perder esa identidad, sino adaptarla a una ciudad multicultural y con una lógica de entretenimiento muy marcada”, explica a LA NACION. Esa estrategia, según destacó, permitió posicionar rápidamente a la franquicia dentro del ecosistema deportivo local y generar vínculos con organizaciones como Dolphins, Marlins e, incluso, Inter Miami.

El rendimiento inicial no fue negativo en términos comparativos. “Fuimos el mejor récord de franquicias del primer año”, cuenta, a pesar de no haber podido clasificarse a las semifinales de conferencia. En esa primera temporada en 2024, consiguieron seis victorias y 10 derrotas en 16 partidos. Casares aclaró que el objetivo interno era más ambicioso. “La expectativa estaba en llegar a los playoffs de arranque. El equipo nos daba, pero después hay muchos factores que influyen”, explica. La segunda temporada lograron meterse en los playoffs y, a pesar de la caída en fase de eliminación, parecía confirmar esa evolución. Pero no alcanzó para sostener el proceso.

Ese final también dejó la sensación de una oportunidad inconclusa. “Me hubiese encantado que siguiera”, reconoció Casares, que destacó tanto lo deportivo como el contexto en el que estaba inserto el equipo. Miami, con su fuerte presencia latina, aparecía como un destino natural para jugadores sudamericanos y como una posible puerta de entrada para expandir el rugby en un mercado distinto.

Cómo nació todo

La llegada de Casares a Miami Sharks también tuvo un componente fortuito que refleja el carácter incipiente de la liga. Tras su salida de Boston, donde no sumó ni un minuto en un año y ni siquiera recibió explicaciones formales sobre su salida, regresó a la Argentina sin equipo. Meses después, en una final de la MLR, se cruzó de manera casual con Mariano Filippini, entonces CEO de la nueva franquicia. “Éramos dos argentinos en el estadio y nos pusimos a hablar”, recuerda. En ese momento, sin saber aún el papel que ocupaba su interlocutor, intercambiaron impresiones sobre la competencia y la estructura de los equipos en los Estados Unidos.

Tiempo después, Filippini lo llamó para profundizar aquella conversación inicial, ya con la intención de armar el proyecto desde cero. “Me llamó para preguntarme cómo estaba armado un equipo en la liga, cuántos entrenadores, analistas, cómo se organizaba todo”, dice Casares, que además es graduado en Gestión Deportiva e hizo un máster en Business Administration.

Esa doble mirada —como jugador y como alguien que estudió el tema— terminó de abrirle a Casares la puerta a un plantel que buscaba construir una identidad con fuerte impronta sudamericana. “Para lo que era Miami, tener un doméstico que ya entendía las formas y la cultura era un beneficio”, explica sobre su aporte como un argentino nacionalizado estadounidense con experiencia en la liga profesional de rugby en Estados Unidos, que no ocupa plaza de extranjero.

Para Casares, el problema no estuvo en lo deportivo, sino en lo estructural. “Había expectativas más altas de las que se deberían haber tenido”, sostiene. Y apunta directamente a la organización: “Creo que por ahí era la parte más endeble”, remarca. En ese sentido, menciona cambios clave que alteraron la continuidad del proyecto: “Mariano Filippini dejó de ser el CEO. Eso hizo que arranque medio de vuelta, porque cambiaron la filosofía y los modos”.

A eso se sumaron modificaciones en el staff y decisiones logísticas que, según su relato, impactaron en el día a día: “Cambiamos de predio, dejamos el de Inter Miami y fuimos a un lugar que no estaba tan bueno. Empezaron a haber cosas que decías: esto no mejoró”.

Durante la primera etapa del proyecto, el equipo había entrenado en el mismo predio que Inter Miami, la franquicia de la MLS que tiene a Lionel Messi a la cabeza. Esa convivencia ofrecía una postal singular del intento por insertar el rugby en un ecosistema deportivo de alto nivel. “Nos entrenábamos en la misma cancha que ellos. Lo cruzamos un par de veces, con su familia”, dice Casares, y admite que nunca quiso molestar al 10 de la selección argentina. El contraste entre esa estructura inicial y los cambios posteriores, según su mirada, también reflejó la escasa solidez de un proyecto que había comenzado con estándares elevados.

El desenlace de Miami Sharks fue seco. “Una videollamada sin mucha explicación”, resume sobre la forma en que se comunicó el final de la franquicia. “No hubo mucha ayuda”, agrega, en referencia a la falta de acompañamiento para la reubicación laboral de los distintos miembros del plantel. La mayoría de los jugadores se quedaron sin equipo de un momento a otro, en un mercado reducido y con pocas alternativas inmediatas.

La situación fue particularmente sensible en una liga joven e inestable, que debutó oficialmente en 2018. “Es un miedo que genera”, redunda sobre la posibilidad de que proyectos desaparezcan de un momento a otro, como ocurrió en este caso.

La liga, según contó, pasó por un proceso de varios cambios. Uno de los más notorios fue el trato hacia los jugadores. “Antes se los trataba muy mal”, afirma Casares. “Había casos de gente que se lesionaba toda la temporada y los echaban. Una locura”, ejemplifica. En los últimos años, la creación de una unión de jugadores comenzó a ordenar ese escenario y a establecer ciertas garantías.

La experiencia personal de Casares —que llegó a Estados Unidos a partir de una beca universitaria, pasó por Boston sin jugar y encontró en Miami su primera continuidad— aparece como telón de fondo, pero también como ejemplo de ese contexto. Tras el cierre de la franquicia, logró reinsertarse rápidamente en Chicago Hounds, uno de los equipos más sólidos de la actualidad en el torneo. “No había lugar para elegir, era agarrar lo que había”, describe sobre ese momento.

Más allá de las dificultades, el potencial del mercado estadounidense es un punto de coincidencia. “Es Estados Unidos: si llegás a enganchar en la cultura, el potencial es infinito”, sostiene. La comparación con otras ligas, como la Major League Soccer (MLS) o la poderosa National Football League (NFL), surge de manera natural, así como la dimensión del público. “Vas a ver un partido de hockey sobre hielo y hay 45.000 personas”, ejemplifica. Sin embargo, ese crecimiento todavía no se traduce en una base sólida para el rugby. “Al nivel de formación le falta muchísimo”, advierte. Y lo vincula con la necesidad de desarrollar entrenadores y estructuras desde edades tempranas.

Justamente, la idea inicial de Miami Sharks era aprovechar el potencial estadounidense y anticiparse al impacto del Mundial 2031. La iniciativa no se limitaba al equipo profesional: incluía el desarrollo de juveniles, academias y una estructura a largo plazo en una liga que todavía buscaba consolidarse. No prosperó. “Mientras nosotros crecíamos como franquicia, el deporte a nivel nacional empezaba a mostrar métricas en detrimento”, explica Cubelli sobre una contradicción que terminó atravesando todo el proyecto.

Y algo muy común que destaca Casares es el prejuicio externo al nivel competitivo del rugby en EE.UU. “En mi equipo hay 10 o 15 jugadores que jugaron mundiales o para selecciones como Inglaterra o Sudáfrica”, dice Casares, y remarca que ese tipo de perfiles le da a la liga una exigencia física y táctica particular, distinta a la del rugby argentino.

En ese contraste, la mirada sobre nuestro país aparece como un punto de referencia constante dentro de la liga. Aunque Casares no llegó a debutar en la primera de Newman, club en el que se formó, sí reconoce una valoración extendida sobre el rugby local. “Siempre tienen en cuenta a los argentinos”, dice, y lo asocia con un estilo de jugador que se adapta bien al contexto internacional. “Cuando el perfil es apasionado, áspero, duro, creo que se respeta mucho”. En ese sentido, cree que el nivel semiprofesional argentino es percibido como una base sólida: “Lo que se ve en el Top 14 es casi profesional y se respeta un montón. Si un jugador rinde ahí, saben que en la MLR le puede ir bien”.

En paralelo, el Mundial de Rugby 2031 aparece como una oportunidad y un desafío para Estados Unidos. Desde su experiencia, Casares no duda de la capacidad organizativa del país: “Si hay algo que puede hacer Estados Unidos es organizar un Mundial de Rugby”. La infraestructura, asegura, está garantizada y ya existen pruebas concretas, como la utilización de estadios en ciudades sin franquicia para evaluar sedes. “Están probando lugares y tratando de fomentar el rugby con el objetivo del Mundial”.

Sin embargo, esa preparación convive con tensiones estructurales. La MLR, de gestión privada, y USA Rugby, como entidad rectora, no siempre comparten intereses. “Si bien trabajan en conjunto, tienen distintos intereses”. La diferencia entre una lógica comercial y una deportiva aparece como uno de los desafíos hacia adelante, en un escenario donde el gran certamen ya tiene fecha, pero el ecosistema que lo rodea aún busca acomodarse.

El caso Miami Sharks, en ese sentido, deja una enseñanza más amplia. La inversión, la infraestructura y el atractivo del mercado no alcanzan por sí solos para garantizar un desarrollo sostenido. “Boston atraía a mucha gente, hizo un buen trabajo”, cuenta Casares sobre cómo siguen a sus equipos los fanáticos del rugby que hay en el país. “Está todo muy distribuido. Nadie va de visitante. Al público americano le gusta el deporte de contacto. Creo que el rugby no se aleja del tipo de deporte que les gusta. Yo creo que público hay, porque no me deja de impresionar”.

La experiencia de una franquicia con respaldo económico, identidad definida y resultados competitivos que no logró sostenerse expone las tensiones de un modelo aún en construcción. Y plantea, a cinco años del Mundial, una pregunta de fondo: si el rugby en Estados Unidos logrará transformar su potencial en una estructura estable o si seguirá dependiendo de apuestas que, como la de Miami, pueden diluirse antes de madurar.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/rugby/tomas-casares-reconstruye-la-caida-de-miami-sharks-el-equipo-impulsado-por-empresarios-argentinos-en-nid02062026/

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