Reseña. Okinum, de Émilie Monnet
La obra de teatro Okinum, la reserva proviene de una cultura no occidental y ofrece una mirada diferente del mundo, que se hace más clara si uno la imagina sobre un escenario, como debe hacerse cu...
La obra de teatro Okinum, la reserva proviene de una cultura no occidental y ofrece una mirada diferente del mundo, que se hace más clara si uno la imagina sobre un escenario, como debe hacerse cuando se trata de teatro. Émilie Monnet, su autora, es del pueblo anishinaabe y pone esa visión del mundo en todas partes, sobre todo, en la puesta en escena, explicada en las didascalias: la acción se da dentro de un hexágono de pantallas que proyectan imágenes de la naturaleza –entre otras, los castores y sus represas–; y en el centro, conviven actores y público.
El original utiliza tres idiomas de Canadá: inglés, francés y anishinaabemowin, pero Monnet logra transmitir lo que pasa apoyándose en lo sensorial: además de los diálogos, hay sonidos como el del agua de los ríos donde los castores levantan sus represas, y también imágenes de la zona anishinaabe y del arte de sus mujeres, que se hace mordiendo la corteza de los árboles (como los castores) para formar figuras que la edición reproduce.
Dividida en trece escenas y un epílogo, la obra tiene nudos importantes: la escena 10 resume los ataques de los colonizadores contra los anishinaabe y su tierra, y es parte del hilo que describe la relación humanos/naturaleza que, para las tribus del continente, es siempre de igual a igual; otro hilo es el de los tres sueños de la protagonista, en los que recibe las visitas de Amik, el castor gigante, que le regala su “medicina” contra el cáncer.
Monnet presenta también una variedad de climas y tonos: el miedo horrible de las esperas en el hospital; el agradecimiento por el regalo de Amik; el deslumbramiento frente a ciertas revelaciones y la sensación que produce volver a aprender el idioma de los antepasados que la conquista trató de eliminar. Volver a entender y hablar anishinaabemowin implica oírlo y sentirlo en el cuerpo; entender que “suena como el territorio” (como el agua de los ríos, por ejemplo) y que transmite una visión particular del mundo (que por supuesto, se presenta a los espectadores, que estudian con la protagonista).
La obra –cuyo título se repite en dos idiomas: Okinum significa “la represa”– cuenta una historia individual que simbólicamente es la de todos los pueblos originarios que siempre desjerarquizan a la humanidad frente a la naturaleza y a la vigilia frente al sueño. Por eso, aquí puede haber charlas de igual a igual entre una mujer y un castor legendario, contacto directo entre actores y espectadores y entre pantallas y personas. Por eso, la obra es un camino hacia la comprensión de nuestro lugar en el universo, simbolizada en el estallido de la represa que tapona la garganta de la protagonista pero que al mismo tiempo “le da sentido a todo”.
Okinum, la represa
Por Émilie Monnet
Trad.: María Carbonetti
La Flor Azul
118 páginas, $ 25.000
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/resena-okinum-de-emilie-monnet-nid23052026/