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La primera y la última distopía

Un mundo triste y resignado a convivir con el desastre. ¿Es el futuro o el presente? Esta es solo una de las lecturas que propone Ian McEwan en Lo que podemos saber, su libro más reciente que, co...

Un mundo triste y resignado a convivir con el desastre. ¿Es el futuro o el presente? Esta es solo una de las lecturas que propone Ian McEwan en Lo que podemos saber, su libro más reciente que, como en los viejos tiempos, no pude soltar hasta el final.

Guerras, degradación ambiental, catástrofes naturales provocadas por el hombre; aislamiento, indiferencia política y social. Todo desfila ante nuestros ojos sin que hagamos nada. ¿Hasta qué punto el siglo XXI ya se parece al XXII que imagina el escritor inglés?

Esta obra singular se acaba de sumar a la tradición de la novela distópica, aunque no se la pueda clasificar dentro de esa categoría; es mucho más que eso. No presenta un Estado totalitario que vigila cada movimiento de sus ciudadanos ni una sociedad dominada a través del entretenimiento, el consumismo y las drogas.

La devastación de la naturaleza y los accidentes nucleares son anotaciones en el margen, hechos de una historia pasada que la humanidad ya incorporó a su vida cotidiana. Es ese segundo plano justamente lo que hace más inquietante a esta novela, que en realidad pone el foco sobre los límites del conocimiento de la verdad y la complejidad de las relaciones humanas.

Lo que podemos saber no es, sin embargo, mi último relato distópico. Justo cuando recorría sus páginas finales, me tropecé en un canal de YouTube (de vez en cuando los algoritmos son útiles), con Nosotros, de Yevgueni Zamiatin, que inauguró el género hace poco más de 100 años. Publicada en 1924, anticipó muchos de los elementos que después se considerarían característicos: el poder absoluto del Estado, la vigilancia, la regimentación de la vida, la abolición de la intimidad, la tecnología omnipresente y el sacrificio de la libertad en nombre de una felicidad administrada.

Durante mucho tiempo creí que la historia de esta narrativa del siglo XX tenía su santísima trinidad en Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell, y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Pero me faltaba Nosotros, anterior a las otras tres y fundamental para comprenderlas y entrelazarlas entre sí, tanto en la ficción como en la vida real. Orwell descubrió esta novela pionera gracias a una edición en francés y publicó una reseña en 1946 en la que especuló que Huxley, que años antes había sido su profesor en Eton College, se había inspirado en ella para escribir Un mundo feliz, al tiempo que reconoció que fue una clara influencia también para él a la hora de pergeñar 1984.

La trilogía clásica resultó ser una tetralogía y acabo de completarla muchos años después de haberla iniciado con Fahrenheit 451, uno de los dos primeros libros “para adultos” que leí en mi vida y que despertó en mí la pasión por este género vapuleado por los eruditos y mal llamado ciencia ficción. A los fanáticos, disculpas por este descubrimiento tardío.

Entre Nosotros y Lo que podemos saber, transcurrió un siglo, pero ambas obras realizan un ejercicio semejante. Podría decirse que son ensayos sobre el presente escritos en clave de novela, más allá de que las profecías futuristas finalmente se concreten o no.

El ruso Zamiatin, que simpatizó con el levantamiento bolchevique de 1917, para luego desencantarse rápidamente, avizoró un futuro desde el cual denunciar la desaparición de la libertad que estaba presenciando. McEwan imagina otro desde el que reprochar la pasividad de quienes contemplamos la destrucción del planeta sin modificar nuestra conducta más allá de lo declamativo. Una expone el temor a que el poder político llegara a saberlo todo sobre los individuos. La otra denuncia que las personas saben perfectamente lo que está ocurriendo y, pese a todo, continúan como si nada. Dos formas distintas de advertirnos que quizás ya vivimos en una distopía.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/la-primera-y-la-ultima-distopia-nid04112026/

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