La naturaleza, devastada, se vuelve paisaje ante nuestra indiferencia
Hace unos días regresé de Berlín, donde pude conocer algunas de las políticas con las que la ciudad intenta prepararse para la nueva realidad climática y ambiental que vivimos: resiliencia urb...
Hace unos días regresé de Berlín, donde pude conocer algunas de las políticas con las que la ciudad intenta prepararse para la nueva realidad climática y ambiental que vivimos: resiliencia urbana, electromovilidad, infraestructura verde. Volví con la paradójica sensación de haber visto parte de lo mejor que somos capaces de hacer y, al mismo tiempo, de haber constatado de cerca la dimensión colosal del problema que todavía no sabemos cómo enfrentar.
Mientras recorría algunas de las respuestas más avanzadas al cambio climático, Europa volvía a arder. La sequía golpeaba -y aún continúa haciéndolo- a la mitad de la Unión Europea y el Reino Unido; los incendios consumían cientos de miles de hectáreas, y una sucesión de olas de calor dejaba una marca todavía más brutal: solo en Alemania, se calculan ya más de 15.000 muertes vinculadas al calor en lo que va del verano.
Los datos se acumulan y alarman: el período junio-julio fue el más cálido jamás registrado en Europa occidental. El Danubio y el Rin alcanzaron niveles históricos de bajante, mientras el Po volvió a registrar caudales críticamente bajos. La falta de agua y el calentamiento de los ríos obligaron a reducir la generación nuclear en distintos países y llegaron a paralizar por completo la central rumana de Cernavodă. A causa de la sequía, Gran Bretaña se encamina a su peor cosecha de cereales desde que existen registros, Francia podría perder cerca de la mitad de su maíz y, en algunas zonas del norte de Italia, las pérdidas de ese cultivo llegan al 70 por ciento.
Una de las civilizaciones más ricas y tecnificadas de la historia descubre que sus alimentos y centrales eléctricas dependen de algo elemental: que por sus ríos siga corriendo suficiente agua.
Nada de esto resulta ya demasiado sorprendente. Y ese es, quizá, el dato más inquietante. Uno reúne pacientemente datos y evidencias durante veinte años, confiado en que ese esfuerzo contribuirá a transformar las cosas. Pero llega un verano en que los números están todos, y comprueba que el esfuerzo fue inútil.
Fatiga. Ruptura. Resurgimiento, quizá. Los hechos -cada vez más frecuentes y cotidianos- nos dejan impávidos. Extenuados ante una realidad que nos excede. Y así sobrevivimos, adormecidos en el consumo, narcotizados en la grotesca información siempre nueva, fugaz e incierta que brindan las redes, y alucinados por los saltos cuánticos que promete la tecnología.
El extraordinario avance tecnológico convoca toda nuestra atención, nos hipnotiza, mientras la naturaleza, cada vez más devastada, se vuelve paisaje ante nuestra indiferencia.
Asombrados, asistimos al avance exponencial de sistemas que parecen pensar como nosotros. O mejor que nosotros. Escriben, traducen, diagnostican. Descubren patrones donde nosotros solo percibimos ruido. Y depositamos, en ellos, la esperanza en un próximo salto evolutivo más perfecto, más veloz, más asombroso.
Desconocer el valor de este logro tecnológico sería tan deshonesto como sacralizarlo. Aun así, depositar en ellos la esperanza de un próximo salto evolutivo resultaría falaz, a menos que entendamos la involución como una forma engañosa del proceso evolutivo.
La cuestión no es que las máquinas alcancen cada vez más el pensamiento humano, sino que los seres humanos estemos cada vez más lejos de proseguir el camino hacia la sabiduría, sacralidad y trascendencia que fue la búsqueda propia de nuestra especie desde sus orígenes. Y que, en cambio, nos encaminemos, cada vez con más ahínco, a reducir nuestra infinita potencialidad humana al funcionamiento estadístico de una computadora.
No es la inteligencia artificial la que avanza hacia la humana. Es la inteligencia humana la que retrocede hacia la artificialidad. A cada paso, nos resulta más difícil encontrar las palabras y los conceptos que nos ayuden a entender nuestro tiempo. Para cambiarlo. Y si no lo hacemos ahora, esa dificultad no dejará de acrecentarse. Leeremos menos. Escribiremos menos. Pensaremos menos. Y delegaremos la más hermosa de las tareas humanas -la de imaginar y crear otros mundos posibles- a la estadística totalizadora de la inteligencia artificial.
He ahí el problema de fondo: un sistema entrenado sobre una porción descomunal de lo que la humanidad produjo puede generar combinaciones nuevas, develar patrones que nadie había visto e incluso encontrar soluciones que ningún ser humano había formulado antes. Concedámosle todo eso.
Hemos creado un nuevo tipo de creatividad no humana, con una eficiencia asombrosa fundada en la cuasi-infinita (pero no infinita) capacidad de combinar y transmutar volúmenes inconcebibles de información de nuestro propio pasado; información que alimenta al Gólem de la modernidad, al que ahora recurrimos para pedirle que nos rescate del lugar al que ese mismo pasado nos ha traído. Bien podrá devolvernos hasta lo inimaginable. Pero no podrá decidir por nosotros cuál es el mundo que merece ser querido.
Esperar que lo haga es una especie de coartada. Y no es la única. En el mismo período en que la crisis ambiental fue perdiendo centralidad en la conversación pública, ganaron volumen dos discursos en apariencia opuestos: el que niega el problema y el que confía en que la tecnología lo resolverá. Dos caras de una misma moneda. Ambos llegan al mismo lugar: mañana y no hoy, otro y no yo. Ambos convierten la evidencia en un dato que no obliga a nada. La información se acumula. La voluntad de actuar se paraliza.
No nos falta eficiencia en el manejo del conocimiento. Nos falta sabiduría, que es otra cosa muy distinta que no se alcanza por acumulación. Los griegos lo escribieron en Delfos: conócete a ti mismo. La advertencia renueva toda su fuerza cuando ya ni siquiera nos preguntamos quiénes somos. Y esperamos de las máquinas las respuestas a las preguntas más esenciales sobre nosotros y nuestra casa.
Todo esto ocurre en una bisagra. La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera ya ronda las 430 partes por millón, más de un 50% por encima del nivel preindustrial. Hay que retroceder unos tres millones de años -hasta el Plioceno medio- para encontrar concentraciones comparables. En ese entonces, la temperatura media global era entre 2,5 y 4 grados superior a la preindustrial, y el nivel del mar se encontraba entre 5 y 25 metros por encima del actual. La última vez que la atmósfera terrestre se pareció a la actual, el género Homo sencillamente no existía.
Y estamos viviendo las consecuencias. Los años transcurridos entre 2015 y 2025 fueron los once más cálidos jamás registrados. Estamos saliendo del clima que hizo posible la agricultura, las ciudades y la escritura, y entrando en uno del que poco sabemos, salvo que será mucho más hostil a todas esas conquistas humanas.
Dan ganas de gritar. Durante años, lo hice en columnas como esta. Pero los datos los poseemos desde hace medio siglo, y gritarlos más fuerte no ha cambiado nada. Lo que falta no pertenece al orden de la información. Tampoco al de la inteligencia. El faltante es la capacidad de reconocer que algo vale, antes de que su pérdida se vuelva un número: el suelo que da de comer a una ciudad, el río que la abastece, la escuela donde se transmite -o no- la idea de que somos parte de la naturaleza, y no dueños de ella.
Quizá ese sea el límite que ninguna acumulación de conocimiento puede resolver por nosotros. Saber qué hacer exige preguntar antes para qué, y responder para qué exige decidir qué es lo que tiene valor. Podemos construir una inteligencia capaz de mostrarnos millones de futuros posibles. Pero seguiremos siendo nosotros quienes tengamos que decidir cuáles de esos futuros merecen ser construidos.
Para el mundo que estamos empezando a habitar vamos a necesitar mucho más que eficiencia. Necesitaremos imaginación, compasión, discernimiento, capacidad de trabajar con otros. Nada de eso se descarga. Se aprende despacio, en lugares concretos, con otros alrededor. Aunque poco, todavía hay tiempo para eso. Y es la única forma de esperanza que me resulta defendible.