Juan José Becerra: “Milei propone un cuento de hadas: un país en el que no haya políticos y sobren dólares”
“Tengo una inclinación a observar el mundo de los personajes públicos y relacionarme con ellos como si fuesen objetos artísticos, personajes literarios. Quiero saber algo sobre esos personajes...
“Tengo una inclinación a observar el mundo de los personajes públicos y relacionarme con ellos como si fuesen objetos artísticos, personajes literarios. Quiero saber algo sobre esos personajes que pueden responder a una pulsión de disgusto, pero que son muy atractivos para mí”, dice el escritor Juan José Becerra.
Consagrado autor de ficciones y ensayos, editor exquisito, ghost writer y guionista de cine y televisión –colabora asiduamente en los proyectos de la dupla integrada por Mariano Cohn y Gastón Duprat; por ejemplo, El Encargado-, Becerra acaba de publicar Milei, fenómeno verbal (Siglo Veintiuno Editores), un ensayo sobre “el político que se hizo a sí mismo hablando”; una “verbografía” del presidente elegido en 2023.
Para eso, leyó los libros de Javier Milei, sus referencias teóricas y vio todas sus entrevistas y participaciones en los medios desde 2014 hasta hoy. “Fui al yacimiento de Milei a hacer fracking”, dice con humor. Y advierte algunas cosas, por ejemplo, la mezcla de inocencia y fanatismo en su forma de leer y divulgar ideas. Esa relación idolátrica con los textos, dice Becerra, se extiende también a su vínculo con los presidentes de los Estados Unidos e Israel. “Milei armó su propia constelación de dioses con Trump y Netanyahu (…). Son escenas de una docilidad, de una sumisión que no encaja, no ya no entre idolatrado e idólatra, sino entre personas comunes”.
Según Becerra, Milei modificó y simplificó su forma de comunicar a lo largo de los años: pasó del estilo barroco y economicista a eslóganes y aforismos. Harta de los discursos vacíos y formales de la política tradicional, parte de la sociedad premió su estilo directo y brutal. “Él viene a fracturar esa modalidad farsesca en el empleo del lenguaje. En buena parte de esos políticos, los mensajes eran intercambiables. Era cuestión de escuchar a un político y escucharlo a todos”. Y remata: “Milei reemplazó el código de cancillería por el código de taberna”.
“Me gusta mucho porque tiene todo lo que tiene un performer. Ahí sí pasa el control de calidad. Es espectacular. Él es como un (Federico) Peralta Ramos exaltado”
¿Cuál es el relato que propone el presidente Milei? “Para el núcleo de su oferta electoral, Milei propone un sueño, un cuento de hadas: un país en el que no haya políticos y sobren dólares (…) Y la prosperidad como nos gustaría a nosotros que suceda: que nos sobre la plata en una moneda que no sea la nuestra”, dice Becerra al tiempo que reconoce que la faceta de showman de Milei lo fascina. “Me gusta mucho porque tiene todo lo que tiene un performer. Ahí sí pasa el control de calidad. Es espectacular. Él es como un (Federico) Peralta Ramos exaltado”, describe.
-¿Qué materiales descubriste en la cantera de Milei?
-Fui al yacimiento de Milei a hacer fracking. Por ejemplo, te podría decir que me llamó mucho la atención descubrir una inocencia en él. Milei es una persona inocente. Cuando uno rastrea sus experiencias de lecturas, advierte que lee a lo Pierre Menard. Cuando Milei lee La Acción Humana, de Von Mises, que son 1300 páginas, él dice que tiene dos ejemplares, uno totalmente subrayado y el otro, de repuesto. Es una lectura que te lleva a leer como si fueses el autor de lo que leés. Esa especie de codicia, de deseo de lo que se lee puede dar candor porque es una lectura de fan, pero en el caso de una persona que termina siendo presidente de la nación, no puede dejar de revelar un problema, que es el de la comprensión.
-Porque es la lectura de alguien que se identifica totalmente con el objeto y no hay mirada crítica ni distancia intelectual.
-Ni siquiera se puede decir que lee con devoción. Milei va un paso más allá. Él lee con fanatismo, con voluntad de imposición. La devoción es más gratuita porque el devoto está en un segundo plano. En cambio, el fanático necesita imponer, incluso necesita imponerse a través de la idea de un tercero. Entonces, todas esas posiciones de lector confluyen en la idea de que es demasiado crédulo. Eso me llamó mucho la atención. En principio, porque si uno se dedica a la política o a la economía, no es para creerle todo al dispositivo ideológico que te inspira; tiene que haber algún tipo de crisis en ese vínculo. En su caso, es un vínculo sin crisis, sin desvíos. Son operaciones de fanatismo. Así como se borra la relación entre él y el texto que lo inspira, también se borra la relación entre él y aquellas personas sobre las que quiere influir a través de la divulgación de las ideas. Para mí son soliloquios, son los monólogos silenciosos de los que hablaba Borges cuando se refería a Joyce, al último monólogo del Ulises, que es el de Molly Bloom. Hablar sin ninguna posibilidad de inhibición, entregar el inconsciente a lo que se tenga que decir. Y eso, de alguna manera, tiene su encanto, porque el lenguaje aparece como un espectáculo sin condiciones, sin inhibiciones, sin retenes.
-Vos advertís varias etapas en su forma de comunicar: un primer momento más barroco, el del hombre “que sabe demasiado” y se enoja porque no le dan suficiente tiempo para desarrollar sus ideas en los medios; y más acá en el tiempo, un operativo de simplificación: pasa de las disertaciones a los eslóganes, a “aforismos para que lo entiendan las tías”. ¿Cómo es ese proceso de recorte y calibración?
-Yo creo que él empieza a ver que el barroco no tiene resultado y abandona la jerga del economicismo porque no funciona en términos de lo que se quiere postular. Milei tiene varios registros. Para un público de iniciados se reserva el registro de las cifras, los postulados y los autores; pero frente a una sociedad que está esperando algo, él descubre o le hacen descubrir que el barroquismo de la jerga economicista no penetra. Cuento en el libro un encuentro que tiene con Juan Carlos de Pablo en Tucumán. Coinciden en un ascensor del lugar en donde Milei viene de dar una conferencia, de la que sale enojado porque se da cuenta de que no se hizo entender. Y en los 4 o 5 pisos que van juntos en el ascensor, de Pablo le dice, “a ver, contámelo a mí como si fuese un cuentito en estos 4 pisos”.
-Todos los gobiernos proponen un relato. ¿Cuál es el que ofrece Milei?
-Para el núcleo de su oferta electoral, Milei propone un sueño, un cuento de hadas: un país en el que no haya políticos y sobren dólares. Creo que lo más deseado de lo que podemos llamar “lo argentino” es que sobren dólares y falten políticos. No son momentos simultáneos, es como una sucesión. Primero, suprimir lo que tiene de infeccioso la política, que son los políticos. Una vez superada esa “limpieza étnica”, que aparezca lo otro, que es la prosperidad. Y la prosperidad como nos gustaría a nosotros que suceda: que nos sobre la plata en una moneda que no sea la nuestra.
-Ese cuento de hadas incluye algunas batallas, la del “mercado versus el Estado”; la de “la libertad versus el comunismo”.
-Sí, esos son fetiches. Son categorías que no se dan de una manera plena porque tanto el capitalismo como el socialismo tienen matices. Lo que pasa es que la imposición de la idea plena también es algo muy propio del fanático: que la idea no pierda en el camino del convencimiento a los otros nada de la fuente de la que surgió. Y eso es como un empleo racista de las ideas. Las ideas no son puras, salvo que se las imponga a través de un vehículo que no es muy recomendable para las sociedades, que es el fanatismo. Y la oferta de Milei no solo tiene que ver con la economía y la política. Su presencia pública es totalmente expansiva y tiene que ver con una cantidad de ramificaciones que no se detienen y siempre son en términos extremos. O sea, ¿de qué no habla? Es muy difícil inventariarlo. El personaje es complejísimo, riquísimo. Lo que pasa es que se lo va a castigar por lo que no haga en el escenario para el que fue el consagrado con el compromiso de revertir una situación desfavorable para gran parte de la sociedad.
-Milei tiene un estilo que combina hipérboles, cifras, afirmaciones autocelebratorias, conceptos teóricos y agravios direccionados. ¿Qué ves en ese blend?
-Creo que son insumos, como fluidos de mantenimiento para sostenerlo a él como la celebridad, para que los demás se la reconozcan tal como la soñó. Es como una máquina a la que le hace falta un poco de aceite, un poco de nafta, un poco de agua. Quiero decir, son todos lubricantes de los engranajes destinados al mantenimiento de la figura. Yo creo que él necesita sostener esa ilusión de celebridad, que es la celebridad destinada a tener razón. Además, es una persona que se ha disfrazado. Quiero decir, tiene dotes dramáticas, cambia el registro de la voz. Tiene muchas entonaciones, incluso en una misma unidad de tiempo. De esto sabe mucho más Ariel Tarico que yo, que las reprodujo todas. Puede estar exaltado, puede ser melancólico, puede tener una voz apagada, aflautada, de tenor. Puede ser un castrato y puede ser un bajo en una misma frase. Eso es un don dramático que sabe utilizar perfectamente.
-Dirías que sabe usar máscaras.
-Sabe usar las máscaras, quizás, como nadie. Ahí quizás se puede advertir que tiene algo del cínico en medio de la manifestación de su carácter aparentemente inocente. En cuanto a la función de insultos, es parte de una prestación más de todas las que tiene, que va, por lo general, orientada contra el periodismo, contra los que lo contradicen. Para ser más genéricos, va contra los que existen. Si fuese por él, preferiría que no existieran esas personas que lo contradicen, porque no se lleva bien con la experiencia de la contradicción, que es una bendición humana. A él no le interesa el otro. A él le interesan los otros para ser blanco y formular la necesidad de la supresión de lo que aparezca como una especie de ripio en su avance franco por los campos del fanatismo ideológico. Y el insulto es el último eslabón de la cadena.
-Milei puede subirse a un escenario a presentar un libro, dar una clase y después tocar con una banda de rock. ¿Qué ves cuando lo ves como performer?
-Con respecto a los libros, diría que son libros de acumulación que tienen más que ver con el síndrome de Diógenes, de no dejar nada fuera de lo que pase por su cabeza sin ningún principio de selección, sin ningún recorte, que libros en el sentido clásico, hechos porque se intuye que pueden tener alguna utilidad. O sea, los libros sirven para conformarlo a él. Es como un juguete para un chico. Y todo va a parar ahí: el autoplagio y el plagio, donde se violenta de manera olímpica el derecho a la propiedad intelectual, porque todos los derechos a la propiedad son inalienables menos este. Hay un tráfico de textos de él mismo que van de un libro al otro, y de textos de los demás que no se reconocen como textos de terceros. Pero el showman, debo decir, me gusta mucho.
-¿Qué es lo que te gusta?
-Me gusta mucho porque tiene todo lo que tiene un performer. Ahí sí pasa el control de calidad. Es espectacular. Él es como un (Federico) Peralta Ramos exaltado. Cuando Milei baja del Olimpo que se construyó a sí mismo a través de un cuento de hadas al llano, es decir, baja a la superficie en donde estamos todos, ahí para mí tiene un valor, te diría, artístico. ¿Quién no imitó a Fabio? Imitar a Fabio es como una cepa muy nacional. Tiene un vínculo con lo popular. El peronismo también encarnó un cuento de hadas. Daniel Guebel siempre dice que el peronismo es nuestro cuento oriental. Y el menemismo es como el cuento oriental llevado, verdaderamente, a la consumación. Siempre se ha dicho que había un ser nacional. Yo creo que el menemismo es el ser nacional: un poquito de trampa, de enriquecimiento rápido, el dólar, el lujo que se ve. Yo veo un cordón umbilical entre la cepa menemista y la cepa mileista. No veo referencias sueltas. Lo que cambiaron fueron las épocas, pero veo espectáculos mellizos.
-¿Dirías que la relación idolátrica que Milei entabla con los textos también la despliega con otros presidentes como Trump y Netanyahu? Parecería que también ahí se ubica en el lugar de fan.
-Milei armó su propia constelación de dioses con Trump y Netanyahu. Es muy difícil ver a un presidente idólatra: un presidente es una autoridad. Aunque los presidentes hoy en día son muy cuestionados, parte de la ciudadanía siempre mantiene un índice de idolatría a sus líderes, pero es de la ciudadanía, no es de otros líderes. Imaginate a un presidente de cualquier país idolatrando a un colega, incluso en el sentido del remilgo físico, que es como un código animal de condescendencia. Es muy impresionante verlo a él con Trump o con Netanyahu. Son escenas de una docilidad, de una sumisión que no encaja, no ya no entre idolatrado e idólatra, sino entre personas comunes. Es muy difícil ver a cualquier persona con esa actitud tan concesiva, tan pasiva, tan aniñada. Es, además de inadecuado, muy sorpresivo.
-El lenguaje de la política tradicional o profesional parece haber estado vaciado de contenido y de sentido en los últimos tiempos: se han usado palabras para no decir nada. Los códigos de formalidad vacíos y las imposturas produjeron hartazgo. ¿Cuánto contribuyó ese uso del lenguaje a que se haya elegido a alguien que, entre otras prestaciones, “dice lo que hay que decir”, con mejores o peores modales?
-Creo que la política tradicional tenía dos vertientes. Las dos funcionaban como farsas de sí mismas, porque lo hipertextual del político es muy cansador. En buena parte de esos políticos, los mensajes eran intercambiables. No había individualización, no había identidad. Era la política la que hablaba, más que los políticos. Entonces, eso generó un licuado de lenguaje: era cuestión de escuchar a un político y escucharlos a todos.
-Hasta que asoma Milei.
-Hasta que aparece él. Él viene a fracturar esa modalidad farsesca en el empleo del lenguaje. Milei reemplazó el código de cancillería por el código de taberna. La taberna tiene como una intimidad muy familiar: se dicen las cosas que uno no dice ni siquiera en la casa. Él postula abrir el lenguaje hacia una intimidad que aterrorizaba a la política o al lenguaje político. Entonces, me parece que él, por sus características propias, encuentra ahí una vinculación y una identificación que tiene que ver con que, en el fondo, la gente habla más como Milei en la vida cotidiana que como hablan los políticos. Cuando uno habla en confianza, habla como Milei cuando habla en público. Y eso, que parece una atrocidad, genera identificación. Ha sabido detectarlo.
-Hay líderes que han hablado mucho. ¿Qué diferencias y qué similitudes hay entre el estilo de Milei y el de Cristina Kirchner?
-No sé si hay coincidencias, pero hay una vocación común de querer convencer a los demás a través del discurso y de tener una confianza en el discurso propio, a tal punto de que vale la pena para los dos tratar de imponerlo con los códigos de cada cual. El de Cristina, que ha sido una persona dura, tiene que ver con la formación universitaria. A Cristina la veo como una expresión de la Universidad de La Plata, en el sentido de la persona que discute en las asambleas, que siempre quiere quedarse con última palabra: la discusión política un poco al modo trosko. Yo creo que Cristina ha querido hacer un país; ha tenido un país en su cabeza.
-¿Y Milei no?
-No. Creo que Cristina utilizaba los mecanismos que son los de la política y los mecanismos de Milei tienen más que ver con la concesión. Hay una palabra de cierta literatura política del siglo veinte, que es “entrega”, pero que, si uno la instala en los escenarios de la actualidad política en general, no solamente de la Argentina, lo primero que se ve es que el campo de la política se ha reducido al mínimo. Ese mínimo Cristina lo quiso gobernar. Y yo creo que Milei no, porque, por una cuestión de simpatía, a él le da lo mismo gobernar él o que gobierne Peter Thiel. Incluso, le parece mejor que gobierne Thiel, porque él no siente la camiseta del jefe de Estado. No le va bien ese sayo. Creo que no le interesa, en el fondo. Sí le interesa liberar zonas, en el sentido en que la policía, a veces, libera una zona para que ocurra una salidera. Le interesa liberar el campo de acción de otros, que es el poder no político. Me parece que todavía hay una confianza de Cristina en la política, que Milei nunca tuvo. A él nunca le interesó la política. De hecho, cuando él quiere suprimir la raza política es porque a él le interesaría la tercerización del Estado. Milei quiere una Argentina con un Estado tercerizado. Creo que Milei se ha sabido mover con el poder que lo presiona. Y tiene el beneficio de que el poder que más presiona en la época es el que Milei menos siente. A Milei no se lo ve sufrir con el poder que, paradójicamente, es el que está destinado a recortarle su poder.