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Historia de una docente

Imaginemos, por un momento, que los promedios de un informe se convierten en la vida de una persona. Si traducimos los datos de un informe elaborado recientemente por Argentinos por la Educación t...

Imaginemos, por un momento, que los promedios de un informe se convierten en la vida de una persona. Si traducimos los datos de un informe elaborado recientemente por Argentinos por la Educación titulado “La trayectoria profesional docente en Argentina” y lo convertimos en la historia de una maestra –en femenino, como 9 de cada 10 docentes de primaria– sonaría parecido a esto:

“A los 18 años decidí estudiar para ser docente. Ingresé a un instituto superior de formación, el camino que elige el 96% de mis colegas.

A los 25 empecé a trabajar frente al aula. Mi primer trabajo fue una suplencia, y durante esos años fui pasando de escuela en escuela, esperando algo más estable. No era raro: entre los docentes menores de 25, más de la mitad está en la misma situación.

Para conseguir nuevos cargos tenía que sumar puntaje. La antigüedad, los títulos, los cursos, la trayectoria: todo sumaba para ese número que definía quién accedía antes a un cargo, un traslado o un ascenso. Cada provincia tiene sus propias reglas, pero esa lógica de puntaje está en todo el país.

Pasé los treinta todavía como interina. A esa edad, solo cuatro de cada diez docentes ya son titulares. Seguí capacitándome, como casi todos –el 97% hizo algún curso en los últimos tres años– a veces por aprender, a veces por la necesidad de puntaje.

Recién a los 40 conseguí la titularidad. Habían pasado quince años desde mi primera clase.

Pensé entonces en cómo seguir creciendo. El camino más habitual era pasar a un cargo directivo, pero yo quería seguir enseñando. Y tampoco había muchas chances: los cargos directivos son apenas el 10% del total. Así que, entre eso y las ganas de seguir en el aula, seguí siendo maestra.

El salario también tardó en acompañar: recién entre los 45 y los 54 años tuve el mayor salto, un 93% más que al principio de mi carrera. Es decir, mi mejor momento salarial llegó casi pegado a la jubilación, que fue apenas un poco después. A los 56.

¡Qué hermosa profesión! Y, sin embargo, los datos cuentan solo una parte de la historia. No alcanzan a registrar la emoción de ver a un estudiante aprender algo por primera vez, el vínculo que se construye durante años ni la posibilidad de aportar, desde un aula, al proyecto de vida de cada chico y cada chica.

Pero justamente porque los datos no cuentan toda la historia, también son necesarios. Es necesario el ejercicio de analizar lo que, en medio de la experiencia cotidiana, a veces resulta difícil de ver: cuánto tarda en llegar la estabilidad, cómo se puede crecer profesionalmente, qué se reconoce y qué queda sin reconocer en una carrera. Mirarlos no es reducir la docencia a números. Es intentar entender mejor qué habría que cambiar para que una profesión tan importante también pueda ofrecer mejores condiciones para quienes la eligen.”

Está claro que ninguna trayectoria real es idéntica a ésta ni a ninguna otra: hay 24 jurisdicciones con estatutos distintos, y docentes que titularizan antes, hacen posgrados o siguen otros caminos. Pero este breve recorrido deja ver algo muy relevante: esos son los promedios, la docencia es una carrera que recompensa tarde lo que debería reconocer temprano, y que ofrece un sólo tipo de ascenso.

El problema no es que la carrera docente valore la experiencia. Sería absurdo sostener lo contrario. La experiencia importa y debe ser reconocida. La pregunta es otra: ¿alcanza con esperar? ¿Puede una carrera profesional basarse casi exclusivamente en acumular años, antecedentes y puntaje mientras la estabilidad llega tarde y las posibilidades de crecimiento siguen siendo escasas?

Argentina enfrenta serios problemas en materia de aprendizajes. Resulta curioso, entonces, que no hayamos logrado darle mayor centralidad a la discusión sobre cómo atraemos, acompañamos y retenemos a quienes tienen la tarea de enseñar. Especialmente cuando las escuelas que trabajan en contextos más complejos suelen enfrentar mayores dificultades para garantizar la continuidad y estabilidad de sus equipos docentes.

Hoy hay jóvenes de 18 años entrando a los profesorados, empezando una carrera que tarda quince años en darles estabilidad y que termina cuando todavía son jóvenes. Antes de pedirles que la elijan, vale la pena preguntarnos si es la carrera que queremos ofrecerles.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/historia-de-una-docente-nid11092026/

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