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El pasajero del diablo: mucho sobresalto, poco suspenso y una idea desaprovechada

El pasajero del diablo (Passenger, Estados Unidos/2026). Dirección: André Øvredal. Guion: T.W. Burgess, Zachary Donohue. Fotografía: Federico Verardi. Música: Christopher Young. Edición: Mart...

El pasajero del diablo (Passenger, Estados Unidos/2026). Dirección: André Øvredal. Guion: T.W. Burgess, Zachary Donohue. Fotografía: Federico Verardi. Música: Christopher Young. Edición: Martin Bernfeld. Elenco: Lou Llobell, Jacob Scipio, Melissa Leo, Joseph López, Miles Fowler. Duración: 95 minutos. Calificación: Restringida para menores de 17 años. Distribuidora: Paramount Pictures. Nuestra opinión: regular.

Quienes suscriben al estilo “van life”, es decir, recorrer rutas hacia múltiples destinos, o incluso sin destino fijo, definen a la vida como “un viaje inesperado en un día cualquiera, hacia algún lugar, sea como sea”. Y si bien el cine se ha ocupado en numerosas oportunidades del concepto, faltaba todavía una buena película de terror que se apropiara de sus elementos y construyera un relato escalofriante a su alrededor. El pasajero del diablo se propuso ocupar ese lugar, pero no pudo. El trono sigue vacante.

Luego de un comienzo a puro horror (a excepción de los que vieron el trailer, donde se resume la secuencia completa) la película presenta a la pareja compuesta por Maddie (Lou Llobell) y Tyler (Jacob Scipio) quienes, a bordo de su camioneta, recorren las carreteras de Estados Unidos. Él es un entusiasta del modo de vida, del aire libre y de aprovechar el reparo y la compañía de gimnasios abiertos las 24 horas; ella no tanto.

2 stars

Una noche, en el medio de la nada, presencian un terrible accidente y se bajan a ayudar, sin suerte, al conductor del vehículo siniestrado. Grave error. Porque una presencia demoníaca se les mete en la van y convierte el recorrido en un viaje, literalmente, de terror.

Y es aquí, durante la premisa misma, que El pasajero del diablo pretende que el espectador abrace cualquier ley del absurdo que le ponga adelante. Da la impresión de que el decálogo del buen rutero recomienda no viajar de noche, no parar a ayudar a nadie, estar atento a tres raspones en la carrocería para entender que el auto en cuestión es peligroso, portar una medallita de estación de servicio, más efectiva que cualquier crucifijo, y un sinfín de sinsentidos que aparecen, conforme la historia los necesite. El guion, escrito por T.W. Burgess y Zachary Donohue, no sienta las bases desde el principio; entonces, los espectadores están tan despistados como los protagonistas en relación a qué los persigue, por qué, cómo combatirlo y varias otras preguntas básicas que nadie se toma la molestia de responder. La única persona que pareciera tener una idea bastante clara de lo que está pasando, muere antes de poder explicarla.

Tampoco son claros los propósitos ni alcances de la entidad demoníaca. Salvo frases como “si todavía no los mató es porque se está divirtiendo con ustedes”, que pretenden darle sentido a lo que no lo tiene, su conducta es tan errática como sus poderes. Una más para la nómina de desaciertos: la traducción del título. En la historia, el diablo (o como sea que se llame el fantasma en cuestión) es el pasajero; no al revés, como sugiere la adaptación al español del original Passenger. Una imaginativa decisión de marketing que aporta a la confusión general.

En cuanto a la dirección, el noruego André Øvredal tampoco hace mucha gala de originalidad. Una correcta puesta en escena se opaca frente al excesivo uso del susto sucesivo. No hay construcción de suspenso, sino apariciones abruptas destinadas a provocar el sobresalto. Un par de veces funciona, pero después de una hora y media se pierde gradualmente el factor sorpresa, y al recurso se le comienzan a ver los hilos.

Por los nombres de su equipo creativo, El pasajero del diablo se perfilaba como un exponente de “la renovación del terror en el cine”. Pero una vez vista, se revela como una película sin demasiada complejidad, que termina apelando a los mismos lugares comunes que en los papeles prometía subvertir, situándose muy lejos de ocupar un sitial de privilegio en el devenir del género. Aunque intenta, su trama no es tan diferente a un sinnúmero de propuestas más o menos similares que, si bien es cierto que no transcurren en una casa embrujada con ruedas, tienen una mayor cantidad de elementos de interés. Algo que, lamentablemente, acá no sucede.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/cine/el-pasajero-del-diablo-mucho-sobresalto-poco-suspenso-y-una-idea-desaprovechada-nid21052026/

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