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El jadrdín de democracias que se bifurcan

Una tarde, a principios de 2013, Jorge Lanata citó a Juan José Sebreli a su departamento de Avenida del Libertador al 300. El periodista estaba meditando sobre el vocablo “grieta” como catego...

Una tarde, a principios de 2013, Jorge Lanata citó a Juan José Sebreli a su departamento de Avenida del Libertador al 300. El periodista estaba meditando sobre el vocablo “grieta” como categoría política y quería preguntarle cómo recordaba, en perspectiva, el nacimiento de la polarización con el populismo canónico. Lanata sin duda pensaba en términos del Sebreli de Los deseos imaginarios del peronismo, un texto en el que había caracterizado al peronismo como bonapartismo fuerte o fascismo débil. Pero había una entretela, una vuelta de tuerca en esta peripecia de divergencias rotundas: Sebreli también había sufrido la vieja grieta al revés.

El 24 de noviembre de 1958 LA NACION anunciaba que, con motivo de cumplirse un cuarto de siglo de la aparición de Radiografía de la pampa, la SADE iba a realizar una conferencia en homenaje a Martínez Estrada. Sería el 3 de diciembre y participarían Jorge Luis Borges, “director de la Biblioteca Nacional”, y Juan José Sebreli, “en representación de las nuevas promociones literarias”. Pero ocurrió un hecho inesperado: alguien –probablemente alguno de los hermanos Canto– le contó a Borges que Sebreli había publicado en el número 234 de la Revista Sur una columna elogiosa hacia el libro Las arenas, del escritor peronista Miguel Ángel Speroni. De inmediato, Borges se negó a participar del acto. La nota bibliográfica había existido, pero faltaba un detalle crucial: Sebreli se regocijaba de que un autor peronista hubiera admitido aspectos negativos del régimen, como las torturas de la Sección Especial que se practicaban en la comisaría frente al Hospital Ramos Mejía.

Luis Emilio Soto, vicepresidente de la SADE, intentó infructuosamente disuadir a Borges. Tenía argumentos: Sebreli nunca había sido funcionario del gobierno peronista ni había participado en ninguna publicación oficial, ni siquiera compartía en su totalidad las ideas de Speroni. No hubo caso. Borges se plantó y debieron desdoblar el acto: el 3 de diciembre se mantenía el de Borges, y el de Sebreli, junto a Alicia Jurado y otros invitados nuevos, pasaba para el día 9. Pero entonces fue Sebreli quien se negó a ir a este segundo acto, indignado por el hecho de que la SADE pretendiera maquillar el desplante de Borges.

A primera vista, la negativa de Borges a compartir una mesa redonda con Sebreli parece un ataque a la libertad de expresión. Pero si miramos con zoom y recordamos las detenciones arbitrarias, los atropellos a la república, las confiscaciones y toda la violencia simbólica durante el decenio peronista, sentimos cierta empatía con la actitud exagerada de Borges. El peronismo no fue un gobierno, fue un desquite; y el “gorilismo” fue un desquite del desquite. Es probable que el odio lo iniciara el peronismo, pero el antiperonismo replicaba la revancha en espejo.

Este es el problema de las “democracias populistas”: auspician revanchas a golpe de cuchillo. Aun cuando Ernesto Laclau pertenece a la tradición de la izquierda populista, sus ideas también son aplicables a la derecha populista. Las dos hilvanan demandas insatisfechas, se condensan en un líder (el significante vacío) y luego producen un recorte, dejando afuera al resto de la sociedad. Tanto los Kirchner como los Milei, simétricamente, son heraldos perfectos de esta intransigencia beligerante. No importa que unos repartan “planes platita” y los otros “planes pobreza”, lo que importa es el tipo de operación, el método populista. La Argentina no tiene un mapa político con distintos proyectos de país, sino bandos opuestos incapaces de sentarse a la misma mesa.

De ahí los insultos recíprocos. Unos llaman a los otros “dictadura” y escupen su iconografía. Los otros les infligen a los primeros las peores escatologías cloacales y sostienen que la grieta solo se terminará con la extinción del enemigo. Mientras, por abajo, en los sórdidos subsuelos de la política, se intercambian favores y negocios. No es una cuestión de formas ni de “batalla cultural”, como cínicamente pretenden hacernos creer, es consustancial al modelo populista, que requiere una apariencia de trincheras tajantes y odios furibundos. La polarización victimizante corre por dos vías: hacia atrás, la maldita herencia de la inflación que “corría” (como si fuera un maratonista) al 17.000 por ciento; y hacia delante, el “riesgo kuka”. Votar al otro es volver al infierno. De manera tal que el gobierno de Milei no sería más que un hiato entre dos esperpentos paralizantes, entre dos abismos: el pasado que hay que borrar y el futuro que acecha. Por eso mismo, el votante no elige un proyecto de país, sino qué odios quiere encarnar y qué miedos quiere aventar.

Muy típico de la hechicería populista: si la pócima no hace efecto, no hay que cambiarla, sino aumentar la dosis

Cuando el ministro de Economía repite que no tiene más conejos en la galera para reactivar la economía de las clases medias urbanas (a las que les han endosado todo el déficit fiscal) y pide ante la mesa política aquí, y ante gobernadores en París, un gesto de apoyo para asegurar la reelección y despejar el “riesgo kuka”, ¿qué está diciendo sino que ellos son los únicos poseedores de la verdad? ¿No apunta a la idea de “movimiento” en contra de la idea de “partido”? ¿No está afirmando que el gobierno debe moldear también a la oposición? Es muy típico de la hechicería populista: si la pócima no hace efecto, no hay que cambiarla, sino aumentar la dosis.

Una democracia liberal requiere de un mapa político con matices, un ágora donde todos se sienten a polemizar. Eso se llama república. Donde unos tienen toda la razón y los otros, nada, donde no hay posibilidad de diálogo, donde la única solución es eliminar al otro, la democracia es un decorado. Siempre en el otro anida aunque más no sea un átomo de verdad y ese aporte no puede ir a la basura. El problema estriba en que cuando unos sienten que su modelo es científico, que sus verdades se asientan sobre axiomas irrefutables, la política pasa a ser una religión. De ahí el vocabulario dogmático del mileísmo: “fuerzas del cielo” de un lado; “el anticristo”, del otro. Por eso llegan al extremo de que la decisión de un juez que contradice su modelo no es vista como el ejercicio republicano del sistema de frenos y contrapesos, sino como un error que debe ser removido: ¿no es lo lógico, entonces, alzarse contra las leyes y sentencias que entorpecen su programa?

Populismo de izquierda y populismo de derecha son esencialmente lo mismo: la muerte por inanición de la democracia liberal. El “vamos por todo” resuena como un himno de guerra en las dos trincheras. Por eso mismo, un sistema con dos populismos rotundos evoca ese chiste según el cual alguien se martilla un dedo para olvidarse del dolor de muela.

Es posible que un partido piense más en la libertad y otro más en la igualdad. Es posible que un partido sea más proclive a pensar en términos ideológicos, librescos, y otro apunte más a lo real, a las demandas de los ciudadanos. Esto es legítimo y ese entrecruzamiento, ese mestizaje, puede resultar complementario y enriquecedor. Lo que es un oxímoron es pensar en contendientes encapsulados en tribus con nula porosidad. Si muchos alientan ese sendero de incomunicación es porque, aunque no lo confiesen, descreen de la democracia. En el jardín de democracias que se bifurcan hay una, la populista, que es una petición de principio, un enmascaramiento. A la luz de este panorama sombrío, a la luz de estas trampas atávicas en las que recaemos, habrá que volver a aquella pregunta que nos carcomía en la posdictadura: cuánto del mitológico “enano fascista” sigue vivo, agazapado y tenaz, en el corazón de los argentinos.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-jadrdin-de-democracias-que-se-bifurcan-nid27102026/

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