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El futuro de la Iglesia: quiénes son y qué piensan los jóvenes que estudian para convertirse en sacerdotes

Afuera, el tránsito avanza entre bocinas. Hay calles en mal estado, con baches, paredes pintadas con grafitis y pasto amarillento, seco. Un portón metálico separa ese ajetreo de un espacio inver...

Afuera, el tránsito avanza entre bocinas. Hay calles en mal estado, con baches, paredes pintadas con grafitis y pasto amarillento, seco. Un portón metálico separa ese ajetreo de un espacio inversamente más calmo. Allí dentro hay árboles, pájaros y el pasto está bien verde. Allí dentro están Juan, Elías, Luciano, Leonel, Juan Ignacio y Lautaro, jóvenes de entre 22 y 29 años que estudian para convertirse en sacerdotes.

El Seminario Diocesano San José forma a los futuros líderes religiosos de siete diócesis del conurbano: Morón, Merlo-Moreno, Laferrere, San Miguel, San Martín, San Justo y Avellaneda-Lanús. El predio tiene casi 9000 metros cuadrados y la capilla, rodeada de vegetación y silencio, ocupa el lugar central.

“Si yo pongo el foco en lo que pierdo, voy a vivir como un resentido toda mi vida. Ahora, si pongo el foco en por qué elijo lo que elijo, la decisión toma otra dimensión: es lo que me da alegría y me hace feliz”, dice Elías en diálogo con LA NACION. Si completa su formación y recibe la ordenación, será sacerdote. Es consciente de las renuncias que implica su decisión: abandonar la idea de tener pareja, formar una familia o ejercer otra profesión. Aun así, asegura estar convencido del camino que eligió.

Su caso, así como el de sus compañeros, contrasta con una generación que parece distanciarse de la religión: según un estudio del centro de investigaciones Pew Research Center, publicado en enero de este año, el porcentaje de argentinos que se identifica como católicos bajó del 71% al 58% en tan solo una década. En ese mismo período, la proporción de personas sin afiliación religiosa se duplicó. La investigación advierte, además, que los jóvenes de esta generación son específicamente menos propensos a ser practicantes.

De acuerdo con los registros de la Organización de Seminarios de Argentina (OSAR), la cantidad de jóvenes que cursaban el primer año de formación en los seminarios del país pasó de 256 en 1997 a 99 en 2025. En ese contexto, sus historias abren una pregunta: ¿qué lleva hoy a un joven a elegir este camino?

Algunos lo sintieron desde muy chicos y otros fueron descubriendo su vocación con los años; algunos venían de familias muy religiosas y otros no. En el medio, muchos tuvieron otras experiencias: un noviazgo, un trabajo o una carrera que luego dejaron.

Lautaro, de 26, fue monaguillo hasta los 11 o 12 años, aunque se alejó de la Iglesia algunos años, hasta que a los 16 un retiro espiritual lo volvió a acercar. Terminó el secundario, empezó el Profesorado de Historia y, con la duda a cuestas, habló durante meses con un padre, que le sugirió que su vocación no era el sacerdocio. “Acepté su consejo y continué mi vida: tuve pareja, dejé la carrera de Historia por no sentirme realizado y hasta probé estudiar cine”.

Esa segunda carrera tampoco le satisfizo y la pregunta volvió años después. “En 2023, esta vez mucho más maduro en términos espirituales y emocionales, le dije a mi mamá que quería entrar al seminario”. “Ya era hora”, le contestó ella, que le recordó un juego de su infancia que tenía olvidado: al volver de misa, a escondidas, se ponía telas que encontraba en la casa “para ser cura”. Sus padres, cuenta, siempre lo supieron.

Elías García, de 22, venía de una familia que no iba a misa y pasó “toda la secundaria sin vivir ni buscar una experiencia cercana a Dios”. Después del colegio hizo un curso de barbería, trabajó durante algunos meses en una peluquería y no fue hasta que se topó con una invitación a misionar que encaró este camino. “Apenas sabía rezar el Padre Nuestro. Son esas cosas que, sin saber por qué, por algún motivo te llevan a decir que sí. Fui, y despertó algo que más tarde me impulsó a dejar el profesorado de educación física que estaba estudiando y también el trabajo para entrar al seminario”.

“Mi vida está marcada por lo que considero un milagro de Dios. Nací con una patología congénita y mi familia me encomendó desde muy chico al amor de la Virgen y a las manos de Jesús”, cuenta Luciano. A los 14 acompañó a su mamá a una misa y se quedó en la comunidad de la parroquia; “Entre los 16 y los 17 ya estaba seguro, pero esperé cinco años antes de ingresar al seminario”. Terminó el secundario, hizo el Profesorado de Economía y a los 21 dio el paso. Se lo contó a sus padres tres días después de que le confirmaran la admisión y ellos le respondieron: “Ya lo sabíamos”.

Juan, de 24, sintió la inquietud a los 14, durante una adoración —una oración profunda de silencio y contemplación—. En ese momento, el sacerdocio le apareció “como un pensamiento muy claro”. Cuando decidió ingresar, el 2 de enero de 2020, no se lo contó a nadie: “No lo sabían ni mis mejores amigos, ni mi mamá, ni ningún familiar”.

Elías Ricciardi, de 29, creció en la parroquia de su barrio como monaguillo. A los 15 años, después de un retiro espiritual, sintió un fuerte llamado que prefirió no asumir por el momento. “En el colegio secundario empecé a enfocarme en otros sueños personales, como la comunicación”, cuenta. Hizo cursos relacionados y a los 17 ya tenía un programa en la radio del obispado de Laferrere. Al terminar el secundario guardó el llamado “debajo de la alfombra” y se anotó en Locución: “Quería ser conductor de radio o televisión y vivir de eso”. En marzo de 2020, la pandemia le desarmó el plan: se encontró “encerrado en la habitación hablándole a una computadora”, cuando lo que quería era trabajar con gente, cara a cara.

En cuanto a sus dudas, un sacerdote le dijo que en el futuro todo se uniría. ”Compruebo que así fue, me recibí y trabajé de locutor en una zona de confort laboral muy cómoda, pero donde realmente me sentía pleno y feliz era los fines de semana en la parroquia, con los jóvenes, misionando y participando del coro”. Ahí se preguntó por qué no desempolvar esa motivación inicial y hoy cursa el cuarto año del seminario.

Los desafíos de época y el futuro de la religión

Pese a esta inclinación vocacional, los seminaristas no niegan que es un camino que conlleva una gran cantidad de renuncias y complejidades, especialmente en una era donde la digitalidad, las redes sociales y un ritmo de vida vertiginoso dificultan cualquier ejercicio introspectivo.

“La sociedad vive acelerada y nosotros también corremos el riesgo de caer en esa inercia”, dice Elías. “Los videos de diez segundos que se suceden en las redes sociales van condicionando la mente. Después cuesta sostener una conversación profunda, sentarse a leer un libro o simplemente a pensar”, agrega.

“La falta de espacios de silencio en los jóvenes es, para mí, uno de los principales obstáculos que atraviesa la espiritualidad hoy”, considera. “Alguien que está estimulado permanentemente por la dopamina del teléfono difícilmente encuentre la calma interior necesaria para preguntarse sobre las cuestiones más profundas de su vida”.

Lautaro buscó la manera de evitar que el celular interfiriera en esos momentos. Se descargó una app para limitar el uso de Instagram a 30 minutos diarios y configuró el teléfono para bloquear las notificaciones de WhatsApp, Instagram y YouTube entre las 22 y las 7. Durante la oración y el estudio, además, lo deja bien lejos. “Desconectarse del celular aporta una enorme paz mental”, asegura.

Juan coincide en que ellos tampoco están al margen de esa dinámica: “No dejamos de ser personas comunes con las mismas dificultades que cualquiera. Usamos el celular para estudiar y para algunas actividades pastorales, pero el desafío es dominar el uso de la tecnología y evitar que ella nos domine a nosotros”. Reconoce que elegir este camino supone, en muchos aspectos, ir “a contracorriente de las tendencias del mundo”.

Los registros del propio seminario permiten dimensionar parte de ese impacto. Durante el balance realizado por sus 50 años, la institución reconstruyó la evolución de sus ingresos: entre 1976 y 1985 comenzaron la formación 95 aspirantes, casi diez por año; entre 1996 y 2005, en cambio, fueron 28, menos de tres por año. El análisis advierte que el fenómeno no puede explicarse únicamente por lo que sucede dentro de la institución, sino que responde a transformaciones más amplias de la sociedad. Al analizar el período 2004-2014, el documento menciona, entre otros factores, la revolución digital y los escándalos de abusos sexuales en la Iglesia.

El mismo balance muestra qué sucede con quienes finalmente ingresan. De los 270 jóvenes que comenzaron su formación entre 1976 y 2025, 89 llegaron a ordenarse y 165 dejaron el seminario; el resto continúa en formación. La institución interpreta esos números como parte de la propia función del seminario: un espacio de autoconocimiento en el que los aspirantes pueden descubrir si el sacerdocio es efectivamente su vocación, y no simplemente un lugar destinado a retenerlos hasta la ordenación.

De prejuicios y renuncias

“No estamos encerrados rezando todo el día; estamos plenamente insertos en el mundo”, aclara Elías sobre la mirada de los demás. Sabe que la decisión de ingresar al seminario puede despertar curiosidad, incomprensión o prejuicios en quienes no son tan cercanos a la Iglesia, aunque considera que forman parte de las ideas que todos pueden tener sobre aquello que desconocen. Su manera de enfrentarlos es mostrarse “con autenticidad y sencillez, porque, cuando uno se presenta tal como es, las barreras de los demás se caen”.

También explica que seguir este camino implica dejar de lado posibilidades que también podrían haberlos hecho felices. Elías lo plantea como una elección entre dos formas de vida: “El matrimonio y el sacerdocio son dos caminos excelentes”, dice. Discernir consiste, para él, en reconocer “cuál de ellos colma plenamente el propio corazón”. Por eso, entiende que “uno renuncia en función de un bien superior”.

En el caso de Leonel, esa decisión tuvo una dimensión concreta. “Entre los 16 y los 18 años estuve de novio, pero la inquietud espiritual seguía”, cuenta. Antes de ingresar al seminario, incluso, conversó con su novia sobre “la posibilidad concreta” de comenzar esa formación. La elección implicaba dejar atrás un proyecto compartido, pero también asumir que el deseo de seguir el sacerdocio seguía presente.

El balance de la institución incorpora, además, una dimensión menos visible de esa decisión: lo que ocurre después de la ordenación. Según el documento, los abandonos se concentran principalmente entre los ocho y los quince años de ejercicio, cuando los sacerdotes tienen entre 34 y 42 años. En cerca del 60% de esos casos, el desenlace visible está relacionado con el hecho de no poder tener pareja. Sin embargo, el análisis advierte que esas situaciones no suelen responder a una decisión repentina, sino a procesos prolongados de desgaste personal y espiritual.

La rutina en el seminario

La vida en el seminario de Morón tiene una rutina estructurada. Los días empiezan temprano, alrededor de las 6.40, con la primera oración de la mañana. Después desayunan juntos y salen en transporte público hacia la universidad, en el barrio porteño de Devoto, donde cursan materias como Filosofía y Teología.

Asisten a la facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina (UCA), donde también funciona el Seminario Metropolitano de Buenos Aires. La formación para ser sacerdote incluye una parte académica con materias como Sagrada Escritura, Moral, Liturgia o Historia de la Iglesia.

Al mediodía vuelven a Morón para almorzar y, después de un tiempo de descanso, la tarde se reparte entre el estudio personal y las distintas tareas que cada uno tiene asignadas dentro de la casa: cocina, mantenimiento, comunicaciones o liturgia. La jornada termina con otro momento de oración, la misa comunitaria, la cena y una última oración antes de irse a dormir.

Los fines de semana, en cambio, cada seminarista se traslada a una parroquia de su diócesis, donde acompaña al sacerdote a cargo y participa de las actividades con jóvenes, adultos y chicos. La experiencia funciona, según explican, como una instancia de aprendizaje para conocer de cerca los distintos estilos de la vida sacerdotal.

La convivencia supone aprender a vivir con otros durante las 24 horas del día. “El otro es nuestro hermano de camino; tal vez no sea tu amigo íntimo, pero es tu hermano en la formación y en el futuro sacerdocio”, explica Lautaro. Leonel coincide: “En la convivencia del seminario, el otro me interpela, me ayuda a conocerme a mí mismo y me hace crecer como persona”.

También hay lugar para el ocio. Todos los miércoles juegan al fútbol entre los seminaristas, comparten bromas y se reúnen para mirar los partidos de La Liga o el campeonato local. “Nos divertimos mucho”, cuenta Elías Ricciardi.

La visita del Papa

En este marco de cierta distancia entre la espiritualidad y una parte importante de la población, los jóvenes coinciden en señalar la próxima visita del papa León XIV a la Argentina como una oportunidad para renovar el vínculo de la sociedad con la Iglesia.

Elías considera que será “un hito histórico de unificación y paz para toda la sociedad argentina”. También destaca el lema elegido por el Episcopado, “Bienvenidos todos, vayan y anuncien”, que, a su entender, invita a salir de uno mismo y superar las divisiones tan presentes en la sociedad actual. Para los seminaristas, agrega, representa “una inmensa alegría ser testigos de este acontecimiento”.

“Con frecuencia se piensa que la juventud está perdida, pero no es así”, plantea Lautaro. Y agrega: “Hay una inmensa cantidad de jóvenes que seguimos a Jesús y que mantenemos intacto el deseo de transformar el mundo con empatía, fraternidad y compromiso”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/el-futuro-de-la-iglesia-quienes-son-y-que-piensan-los-jovenes-que-estudian-para-convertirse-en-nid07112026/

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