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Dos adopciones fallidas y un curioso comportamiento hogareño pusieron fin a años de búsqueda y angustia: “Estoy seguro de que es ella”

En noviembre pasado, el paisaje habitual de un terreno baldío en Pilar del Este, en la provincia de Buenos Aires, sumó una figura frágil y dolorosa. Allí, donde durante el día se instalan carr...

En noviembre pasado, el paisaje habitual de un terreno baldío en Pilar del Este, en la provincia de Buenos Aires, sumó una figura frágil y dolorosa. Allí, donde durante el día se instalan carritos de comida ambulante y el olor a fritura se mezcla con el polvo, apareció una perra de tamaño mediano. Buscaba, con lo último que le quedaba de fuerzas, algo de alimento entre los desperdicios.

Las primeras personas en verla sintieron un nudo en el estómago. Estaba desnutrida, resignada a continuar en ese estado y, sobre todo, muy lastimada. Una infección severa en una de sus patas -fruto quizás de una vieja pelea con otro perro-, le impedía caminar con normalidad. Parecía haber aceptado su destino.

Entre basura y barro, encontró refugio en un desagüe de Panamericana pero cuando llegó la ayuda se asustó: “Todo pasó en cuestión de segundos”

El primer intento de acercarle alimento balanceado fracasó; no tenía ni fuerzas para masticar. “Hubo que esperar al día siguiente para que aceptara un poco de comida húmeda y, luego, pollo”, recuerda Alejandra, una de las mujeres que estuvo involucrada en su rescate. Poco a poco, el milagro de la paciencia y la dedicación —unido a la medicación para su pata— obraron su magia: la perra de cinco años empezó a mover la cola cuando veía llegar a quienes la estaban ayudando.

Sin encontrar un hogar de tránsito inicial, el grupo de rescatistas de Mascotas de Pilar del Este—una red de ocho personas que hoy está a cargo de nueve animales rescatados y siempre necesita ayuda en alimento, tránsito y difusión— la llevó a un pensionado pago. Allí pasó sus primeros cuatro meses, recuperándose, ganando peso y curando su cuerpo en compañía de otros perros.

Todo iba bien hasta una noche de tormenta. Algo pasó, un susto indescifrable que la dejó con una nueva herida, aparentemente otra mordida. Ese incidente fue el disparador para un cambio necesario: una de las integrantes del grupo liberó un lugar en su casa y Almendra pasó a vivir en tránsito.

El misterio de los hábitos hogareños

Fue en la intimidad del hogar de tránsito donde la verdadera esencia de Almendra empezó a emerger. El grupo comenzó a notar algunos comportamientos sorprendentes para una perra supuestamente “callejera”.

Almendra tenía hábitos domésticos arraigados: sabía viajar en auto y se mantenía tranquila incluso con una nena chiquita al lado. Paseaba perfecto con la correa y disfrutaba de cada salida. Y, lo más conmovedor, era extremadamente suave y amorosa con los niños pequeños, como si conociera de siempre esa fragilidad. “Muchos de sus miedos empezaron a tener sentido conociendo su historia”, asegura Alejandra, en referencia a su pasado doméstico interrumpido bruscamente.

Su belleza y su dulzura casi la llevaron a concretar una adopción en dos oportunidades. En la última, una familia se enamoró de ella, pero no estaban listos; hacía poco había fallecido su perro y el duelo aún pesaba. “Ahora, a la distancia, entendemos el motivo”, reflexionan las rescatistas. El destino tenía un plan diferente para ella.

El reencuentro: Morena vuelve a casa

A los cinco meses de tener a Almendra en tránsito, un mensaje inesperado en Instagram lo cambió todo. Una seguidora compartió el flyer de Almendra en el grupo del barrio. Y entonces, llegó la frase: “Estoy seguro de que es ella”.

Una familia decía que Almendra era la perra que hacía dos años estaba buscando desesperadamente. Habían mandado fotos y videos que no dejaban lugar a dudas. Esa misma noche, el encuentro fue pura emoción. Su tutor, entre lágrimas y abrazos, les contó que se había escapado hacia dos años, en pleno proceso de divorcio de su pareja anterior, y que nunca, ni un solo día, había dejado de buscarla.

A Almendra le tomó unos minutos entender lo que estaba sucediendo. “Al principio, buscaba a Patricia, la integrante del grupo que la había transitado y que representaba su lugar seguro después de tantos años en la calle. Pero la memoria animal es profunda”, dice conmovida Alejandra.

Matías, su tutor, contó emocionado que en ese tiempo había tenido otro hijo que no conocía a la perra, pero que se había criado con el más grande y que no veía la hora de que volvieran a estar juntos. El reencuentro más emotivo, sin embargo, fue cuando vio al niño con quien se había criado; ahí, el círculo se cerró por completo.

Almendra resultó llamarse Morena. Hoy, vive feliz con su tutor, su nueva esposa y los dos niños. Su historia es un recordatorio potente de que el amor y la búsqueda incansable pueden vencer al tiempo y a la distancia, y que a veces, los hábitos que nos sorprenden en un animal rescatado no son más que los ecos de una vida domesticada que siempre esperó ser recuperada.

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Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/dos-adopciones-fallidas-y-un-curioso-comportamiento-hogareno-pusieron-fin-a-anos-de-busqueda-y-nid14052026/

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