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Diagnósticos psicológicos: la mala costumbre de etiquetar a las personas

Cuidado con los diagnósticos. Mal usados hacen mal, no bien. Particularmente en territorios en los que la ...

Cuidado con los diagnósticos. Mal usados hacen mal, no bien. Particularmente en territorios en los que la salud mental está involucrada, el uso de términos que nombran trastornos y patologías merece mesura, adecuado discernimiento y un atinado abordaje profesional, sin el cual las cosas se complican.

Ponerles palabras adecuadas a las vivencias anímicas ayuda, genera puentes, aporta lo que un mapa a la hora de transitar un territorio. Genera alivio que “eso” que sentimos tenga una palabra que lo defina y lo saque del universo de lo visceral, para hacerlo visible y darle un lugar en el territorio compartido con otros.

A veces también esas palabras ayudan a los profesionales de la salud a ofrecer una referencia orientadora. Aunque con eso solo no alcanza para que esa ayuda sea efectiva, ya que el mapa sirve, pero lejos está de ser el territorio.

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Ya desde hace muchos años existe la (mala) costumbre de diagnosticar a diestra y siniestra, inclusive en charlas de barrio, y, ahora, por redes, sobre todo, cuando las personas se pelean. Antes todas eran “histéricas” y todos ellos “neuróticos” (categorías que ya no se usan tanto, quizás por estar fuera de moda). Hoy todos sufren TOC, son habitantes del trastorno de espectro autista (TEA) o parecen merecer el rol de psicópatas irredimibles.

Se ha usado este tipo de léxico a modo de arma silvestre y poco científica, pero también, por otro lado, como refugio para los padecientes: ante la confusión de algunas situaciones vitales que las personas transitan, en las que se sufre sin encontrar claridad en las causas, nada más aliviante que una palabra que dé forma al malestar, un punto inicial (no final) orientativo que ayude a darle un sentido a lo que se siente, pero no se entiende.

Pero lo que al principio ayuda, también puede terminar siendo una trampa. La palabra no solo describe la realidad, sino que también la genera. De tanto decir que uno “es” TDAH, ansioso o lo que sea, a veces se refuerza la cuestión de maneras preocupantes, sesgando la identidad, empobreciéndola. De hecho, en lo que al espectro autista se refiere, aparecieron de repente muchos que decían habitar ese territorio, llevando a que aquellos profesionales que originariamente habían generado esa categoría años atrás afirmaran ahora que los criterios diagnósticos sobre el autismo merecían ser revisados. Fue (y quizás sigue siendo) casi una moda decir que se era autista, y eso, además de ser poco respetuoso con quienes efectivamente tienen esa condición, ejemplifica la importancia de ser prudentes a la hora de diagnosticar, recordando que no cualquiera está calificado para hacerlo con seriedad y legalidad.

Decía el filósofo Ludwig Wittgenstein: “Fuimos cautivados por una imagen y no pudimos desligarnos de ella porque descansaba en nuestro lenguaje y el lenguaje parecía repetírnosla inexorablemente”.

Ya la misma filosofía nos indica aquello de que el lenguaje genera realidad, quizás no “toda” la realidad, pero sí una proporción importante. Por lo que, si de realidades psicológicas hablamos, vale recordar que decir que alguien “es” algo induce, a modo de un rol guionado previamente, a que se “cumpla” con esa pseudodefinición, que fue refugio en un momento, pero ahora puede ser una cárcel.

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Acompañar sin tipificar

Insistimos en que no es nuevo el tema de diagnosticar a mansalva. Tampoco lo es el quedarse a vivir en un diagnóstico para refugiarse en él, como si fuera una entidad en sí misma y no una orientación que refiere a muchas variables. Se usa demasiado el diagnóstico como algo que uno “es”, cuando lo que somos es mucho más rico y complejo que esa definición.

Fobias, ansiedades, depresiones y trastornos varios no “son” algo, sino manifestaciones producidas por algo muy complejo y múltiple. Por eso, los diagnósticos, para que sirvan, merecen ser acompañados por una idea singularizada de la persona, sobre todo si lo que se desea es hacer algo más que ponerles nombre a las cosas, sin acompañar de verdad las situaciones, tipificándolas en exceso.

Todo padecer psicológico tiene el nombre y apellido de la persona que lo transita. Es verdad que hay variables que se repiten, pero lo que no es verdad es que se puede ayudar a un “cuadro clínico” sin pasar por un contacto genuino y singular con la persona real que lo “tiene”, focalizando, además, con su potencia más que con su carencia.

Prudencia entonces a la hora de los diagnósticos ligados al universo psicológico. Que no sean moda y, mucho menos, arma. Y que sirvan para humanizar, no para catalogar. El exceso de palabras quita la esencia, transformando la complejidad literaria de las vidas humanas en un prospecto que encierra el alma y la marchita.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/salud/diagnosticos-psicologicos-la-mala-costumbre-de-etiquetar-a-las-personas-nid06072026/

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