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Cinco películas que pasaron sin pena ni gloria en su estreno, pero no hay que perderse

La cantidad de películas interesantes, buenas, muy buenas y excelentes que aparecen emboscadas en las plataformas nos permite seguir minando calidad para el amable lector. Debemos, de todos modos,...

La cantidad de películas interesantes, buenas, muy buenas y excelentes que aparecen emboscadas en las plataformas nos permite seguir minando calidad para el amable lector. Debemos, de todos modos, dar una advertencia: es imposible asegurar que van a gustarle las películas que recomendamos, porque se sabe que sobre ese tema nada hay escrito y no vamos a empezar a legislarlo desde esta nota, que lo único que pretende es encender la curiosidad y comenzar una discusión sobre cosas que vale la pena conocer. Lo que sí podemos garantizar es que estos films valen la pena. Tienen algo que permite recomendar su visión y van más allá del adocenado (y, por momentos, irreconciliable con el principio del placer) estilo que muchas plataformas inyectan en sus producciones. Dicho esto, en lo que sigue hay de todo un poco, pero en general se trata de películas que o bien no se estrenaron en salas (aunque estaban previstas para eso), o bien pasaron inadvertidas, o bien fueron destratadas -cuando no hechas puré- por la crítica vernácula o internacional. Por suerte, las pantallas de los televisores de hoy permiten un buen visionado tanto en detalle de imagen como de sonido. Las películas están ahí; no verlas en su momento, cuando son buenas y trascienden su época, no es tan grave.

Desierto de huesos (Prime Video)

Empecemos por uno de los mejores westerns contemporáneos, Desierto de huesos (Prime/Adrenalina Pura+) de S. Craig Zahler. Es la ópera prima de este guionista, director y músico, y combina la mitología del Oeste con el horror. No es, convengamos, una película “fácil” por la manera directa en la que Zahler muestra la violencia. Pero aquí también está en justa proporción con lo que se narra: un par de malhechores, un sheriff, un granjero, una mujer secuestrada y unos nativos. Lo último recuerda a Más corazón que odio (¿quieren verla? Está en HBO Max, de nada) salvo por el hecho de que se trata de un clan de cavernícolas caníbales que no tienen problemas en comerse a sus enemigos. Ese detalle es el que permite el estallido de un horror tirando a gore en la última media hora, pero la primera muestra un mundo duro, de hombres valientes y desconfiados, donde la verdadera ley es la ausencia de ley. Y en ese punto, recuerda a Los imperdonables (ídem paréntesis anterior). Hay algo más: a pesar de lo sangriento que se pone el asunto, el uso de la luz y la puesta en escena seca es al mismo tiempo bello e inquietante, especialmente en secuencias nocturnas en las que un pequeño destello significa todo. Zahler, que luego se cebó demasiado en la violencia con sus dos largos posteriores, muestra que sabe filmar, lo que implica no solo belleza, sino que las imágenes sean pertinentes. Se destaca además un elenco notable con Kurt Russell, Patrick Wilson y Matthew Fox a la cabeza. Es excelente, pero como vimos, dura. No se estrenó en la Argentina.

Seis grados de separación

Tampoco se estrenó en la Argentina la que podemos considerar por lejos la mejor interpretación de Will Smith en toda su carrera, Seis grados de separación (MGM+), también difícil de conseguir en video y en gran medida indisponible hasta hace semanas, nomás. La película es una comedia dramática sobre un muchacho (Smith) que llega a revolucionar el hogar de una familia acomodada de Nueva York, el matrimonio integrado por Stockard Channing (justamente nominada al Oscar por esta interpretación) y Donald Sutherland, más el amigo de ambos (un muy gracioso Ian McKellen). Entre esos personajes se juega un cuento de simulaciones y dudas. Ese joven que cae emparentado con un amigo de un amigo a ese hogar acomodado es, en parte, la representación del “extraño que lo cambia todo” (un esquema que ha generado films tan disímiles como Teorema, de Pasolini, o Mary Poppins, de Disney), el que obliga a la alegría, pero también a la duda y a mirarse al espejo. En cierto sentido, el enfrentamiento siempre en tono amable de los personajes de Channing y Smith funciona como una película de detectives. Y mientras tanto, Fred Schepisi (un realizador que, incluso cuando trabajaba sobre géneros definidos, ponía el foco en el misterio de las relaciones humanas) se anima a la crítica social con sordina, emboscada entre citas intelectuales, diálogos filosos y sonrisas bien vestidas. Es de esas películas que uno nunca olvida. Lo de Smith es sorprendente.

La chica del valle (Mubi)

Si se acelera un poco el tono, hay otra comedia dramática (pero más comedia romántica) que tiene virtudes similares, además de ser un perfecto documento de época. Se trata de La chica del valle, de Martha Coolidge (Mubi), y de hecho es su ópera prima. Coolidge forma parte de una camada de cineastas que logró romper el techo de cristal para las mujeres en la silla de dirección en aquellos hoy lejanos años ochenta, junto con Amy Heckerling, Susan Seidelman, Penny Marshall, Nora Ephron o Penelope Spheeris. Aquí se trata del romance adolescente entre una chica de buena familia y un muchacho más bien rockero, para decirlo con eufemismos, “poco atildado”. La chica era Deborah Foreman, pero la estrella real era el chico, un Nicolas Cage en su primer protagónico. El actor ya había trabajado en dos películas de su tío, Francis Ford Coppola, La ley de la calle (¿cuándo aparecerá en alguna plataforma?) y Cotton Club. Pero aquí es el centro absoluto, un representante perfecto de los años 80. Hay neón, hay mucha música de la new wave, el estilo es pop pero no deja de ser un coming of age duro atravesado por las discriminaciones y las diferencias de clase. Es, además, muy interesante el punto de vista femenino respecto de ese universo, sus propias elecciones y las relaciones. Nunca estrenada por estos pagos, como corresponde.

La hora del espanto (HBO Max)

Para entender un poco ese tiempo y lo que fueron los años ochenta (la última década en la que el cine tuvo una cohesión polémica, un aire de reacción respecto de lo que había sucedido en la historia del cine anterior) deben ver una de las grandes películas olvidadas de esa década, La hora del espanto (HBO Max), de Tom Holland (no confundir con el actor), uno de los artesanos más interesantes de aquellos años, el creador de Chucky, nada menos. Aquí lo que hace Holland es narrar el mito de Drácula en un pequeño pueblo estadounidense (escenario recurrente en esos años, como se puede ver en Gremlins o Volver al futuro), con un jovencito con necesidades hormonales insatisfechas y madre divorciada, nerd avant-la-lettre aficionado a las películas de terror en la televisión (la parafernalia pop es otra de las características de aquella autoconsciente década) y que, en última instancia, se ve enfrentado al descubrimiento del sexo, de la decepción y de la tragedia. Pero todo, absolutamente todo, narrado con un tono casi humorístico que combina el horror con la sonrisa (tampoco es una película cómica). Hoy es notable que no haya películas que vayan tan a fondo con una premisa narrativa o moral sin avergonzarse de entretener al público. Un cine que era para todo el mundo y que no tenía miedo.

1941 (SonyOne)

Y por hoy (el lector debería compartir lo maravilloso que es mirar estos catálogos y, de repente, encontrar algo que nos hace sonreír porque ni pensábamos en encontrarlo) vamos con un enorme fracaso, una película que fue destrozada por todos lados y en todas partes, digamos el penal errado de Messi porque gran parte del complejo cinematográfico, entonces, quería que su realizador fallase. Es cierto que cometió —diría algún comunicador— el pecado de hybris y creyó que tenía las herramientas y el poder necesarios para hacer la Más Grande Comedia Cómica jamás filmada. No, no hablamos de Stanley Kramer y su grandotota El mundo está loco loco loco (que pueden ver en Prime Video, si llegan a bancarse tres horas de persecuciones) sino de la historia de la improbable y desaforada invasión de tropas japonesas a Hollywood poco después de Pearl Harbor, la comedia 1941 (SonyOne), dirigida por el entonces chico maravilla Steven Spielberg después de haberse comido medio planeta con Tiburón y Encuentros cercanos del tercer tipo. Era, originalmente, la posibilidad de que medio Saturday Night Live llegara al cine, que entonces era la gran sensación cómica de los Estados Unidos (¿por qué no aquí? Porque la dictadura prohibió ese humor increíble, surreal y movido por montañas de cocaína, pero como diría Kipling, esa es otra historia). Pero salió mal. La primera secuencia es parodia de Tiburón: una chica desnuda en el agua es atacada y termina agarrada al periscopio de un submarino nipón que, por desorientación, ha llegado a la costa de California, cerca de los grandes estudios. Y después hay un piloto guerrero y loco (John Belushi), un batallón que no sabe hacer las cosas bien comandado por Dan Aykroyd, un combate aéreo sobre Hollywood Boulevard y una secuencia de pelea entre marineros e infantería en un bar al ritmo del jazz que puede figurar, fácilmente, en cualquier antología de las mejores secuencias musicales de la historia. El guión era de Robert Zemeckis y Bob Gale, dos nenes que más tarde hicieron Volver al futuro. Pero entonces la película era demasiado larga, tenía demasiados altibajos y Spielberg aún no había controlado todas las gambetas de su deporte. Pero tiene momentos que hoy no podrían filmarse sin pasar por un comité de comisarios políticos, y ya por eso solo vale la pena. De paso: el director se recompuso con su siguiente película, Los cazadores del Arca Perdida, y lo que siguió fue gloria.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/cine/cinco-peliculas-que-pasaron-sin-pena-ni-gloria-en-su-estreno-pero-no-hay-que-perderse-nid27062026/

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