Nacionales Escuchar artículo

Argentina es más que lo peor que se ha dicho de ella

Hay momentos en que el silencio se convierte en una forma de rendición.En las últimas semanas he visto cómo mi país -y nuestra selección de fútbol- se convirtió en blanco de acusacion...

Hay momentos en que el silencio se convierte en una forma de rendición.

En las últimas semanas he visto cómo mi país -y nuestra selección de fútbol- se convirtió en blanco de acusaciones que van mucho más allá de la crítica a una conducta inaceptable. Se ha retratado a Argentina como una nación racista. Algunos incluso han sugerido que nuestra identidad nacional está de algún modo entrelazada con el nazismo.

Esas palabras duelen.

No porque Argentina sea perfecta. No lo es.

Como todos los países, tenemos racismo, prejuicio, ignorancia e intolerancia. Tenemos personas que dicen cosas ofensivas, personas que discriminan y personas que no logran ver la dignidad del otro ser humano. Nunca deberíamos negar esa realidad. Debemos enfrentarla con honestidad.

Pero la honestidad también exige contar la historia completa.

Admiro a Samuel L. Jackson desde hace décadas. Su trabajo ha entretenido e inspirado a millones de personas en todo el mundo, incluido yo. También respeto a todo líder público que elige luchar contra el racismo. La humanidad necesita más voces así, no menos.

Sin embargo, la admiración no elimina la responsabilidad de disentir cuando el desacuerdo está justificado.

Cuando figuras públicas reducen a Argentina a caricaturas, pasan por alto una historia que merece ser conocida.

En 1813, cuando buena parte del mundo todavía aceptaba la esclavitud como algo normal, Argentina sancionó la Ley de Libertad de Vientres, que declaraba libres a los hijos de mujeres esclavizadas. Cuarenta años después, en nuestra Constitución de 1853, la esclavitud fue abolida por completo.

Esas decisiones llegaron medio siglo antes de que Abraham Lincoln firmara la Proclamación de Emancipación y una década antes de que la Decimotercera Enmienda aboliera la esclavitud en todo Estados Unidos.

Esto no es una competencia de virtud moral.

La historia nunca debería usarse para declarar a una nación superior a otra.

El punto es más simple.

Los hechos importan.

Una nación no debería ser juzgada solo por su capítulo más oscuro, ni por sus voces más ruidosas.

Los críticos suelen señalar que criminales de guerra nazis huyeron a Argentina después de la Segunda Guerra Mundial. Eso ocurrió. Es una mancha en nuestra historia que ningún argentino serio busca borrar.

Pero la historia también nos dice que muchos países -incluidos Estados Unidos, Canadá y varias naciones europeas- recibieron a antiguos nazis a través de distintos programas de inmigración u operaciones de inteligencia durante la Guerra Fría. El mal explotó circunstancias políticas en varios continentes.

Concluir de esa realidad que Argentina es “un país nazi” es tan injusto como decir que Estados Unidos se define por la esclavitud o que Europa se define por el colonialismo.

Las civilizaciones siempre son más grandes que sus errores.

Quizás lo que más me entristece es que estas acusaciones surgen en un momento en que el mundo necesita desesperadamente menos desprecio y más humildad.

La humildad comienza por reconocer nuestros propios fracasos antes de condenar los de los demás.

Toda sociedad carga heridas.

Algunos países luchan contra el antisemitismo.

Otros luchan contra la islamofobia.

Otros contra la xenofobia.

Otros contra la violencia policial arraigada en el racismo.

Otros contra la discriminación hacia los pueblos indígenas.

Ninguna nación ha completado la tarea de reconocer la igual dignidad de cada ser humano.

Argentina ciertamente no lo ha hecho.

Pero nadie más tampoco.

Como alguien que vive con ELA, dependo gran parte de mi vida de la bondad de los demás. Ya no puedo hablar con mi propia voz. Solo muevo los ojos. La enfermedad me ha despojado de toda ilusión de autosuficiencia.

También me ha enseñado algo inesperado.

Cuando el cuerpo se vuelve frágil, las personas dejan de parecer categorías.

No hay conservadores que me ayuden a acostarme.

No hay progresistas que me acomoden la silla de ruedas.

No hay católicos, judíos, musulmanes o ateos que me brinden consuelo.

Solo hay seres humanos sirviendo a otro ser humano.

Ahí es donde comienza la dignidad.

Y tal vez ahí también debería comenzar el liderazgo.

El liderazgo no es la capacidad de ganar discusiones.

Es la voluntad de buscar la verdad antes que el aplauso.

El verdadero liderazgo rechaza el racismo sin convertir a naciones enteras en estereotipos.

Condena las palabras de odio sin olvidar la humanidad de quienes las pronunciaron.

Recuerda que la justicia sin misericordia se convierte fácilmente en autocomplacencia moral.

El fútbol, como la política, a menudo magnifica nuestros peores instintos. La pasión puede volverse arrogancia. La celebración puede volverse insulto. El orgullo nacional puede volverse exclusión.

Cuando eso ocurre, deberíamos pedir disculpas sin excusas.

Pero las disculpas nunca deberían exigir aceptar identidades falsas impuestas por otros.

La Argentina que conozco no está construida sobre el odio.

Está construida por inmigrantes que cruzaron océanos cargando poco más que esperanza.

Está construida por abuelos que escaparon de guerras.

Por familias judías que encontraron refugio.

Por comerciantes sirios y libaneses.

Por italianos y españoles que reconstruyeron sus vidas.

Por maestros, médicos, agricultores, trabajadores y voluntarios que sirven silenciosamente a sus comunidades todos los días.

Esa Argentina rara vez se convierte en noticia internacional.

Debería serlo.

La lección más profunda de mi enfermedad es que a ninguno de nosotros nos recordarán por las discusiones que ganamos en las redes sociales ni por los insultos que dirigimos a desconocidos.

Nos recordarán por si aliviamos la carga de otra persona.

Los países merecen la misma medida.

Juzguen a Argentina por la verdad.

Júzguennos por nuestra historia completa.

Júzguennos por nuestra voluntad de reconocer nuestros fracasos y seguir creciendo.

Pero, por favor, no nos juzguen por estereotipos.

El mundo ya ha sufrido suficiente por ellos.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/argentina-es-mas-que-lo-peor-que-se-ha-dicho-de-ella-nid24072026/

Comentarios
Volver arriba