Nacionales Escuchar artículo

Alicia María Zorrilla: “Hay ejemplos que espeluznan como ‘inesperada sorpresa’ y ‘Las y los medicamentos aumentaron de precio’”

Dedicado sin ironía “a todos los periodistas, que, día día, gozan de la compañía de las palabras”, el nuevo libro de la ...

Dedicado sin ironía “a todos los periodistas, que, día día, gozan de la compañía de las palabras”, el nuevo libro de la lingüista y académica Alicia María Zorrilla, Palabras en apuros (Libros del Zorzal, $ 24.900) está destinado a aquellos que, “por amor a la lengua, quieren hablarla y escribirla mejor”, dice la autora a LA NACION. Por el tono y el enfoque ameno, que combina la erudición con el humor, el nuevo título integra una serie junto con Sueltos de lengua y ¡¿Por las dudas?!, publicados en el mismo sello. Por su interés en el uso de expresiones vinculadas con la vejez, se relaciona con el, hasta ahora, único libro de cuentos de Zorrilla, El otro destierro.

Marilyn Monroe y la literatura: un affaire que rompe con los prejuicios sobre el mayor símbolo sexual del siglo XX

Los ensayos de Zorrilla instruyen y, a la vez, evalúan el peso de las palabras. Al analizar los términos viejo, dinosaurio y prehistórico -cuando observa que, a veces, “se usan como insultos para destacar injustamente la aparente fragilidad de los mayores, sus facultades mentales disminuidas, su pasividad e inoperancia, pertenecen al ámbito coloquial”-, reflexiona: “Es fácil proferirlas desde la juventud, cuando no duelen, pero cuánto lastiman a los que las reciben. Por supuesto, deben desterrarse de nuestro vocabulario por respeto a la dignidad que conlleva esa etapa de la vida, por la trayectoria que simboliza esa vida”.

Para la autora, es necesario recurrir al “gimnasio de la bibliografía especializada para recuperar la plasticidad neuronal y lograr una comunicación lo más transparente posible en español”. Doctora en Letras y académica de número de la Academia Argentina de Letras (AAL), institución que presidió durante seis años, es además académica correspondiente hispanoamericana de la Real Academia Española (RAE), de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y de la Academia Chilena de la Lengua.

-¿En qué sentido las palabras están en apuros?

-Todos los significados de la palabra apuro atañen de alguna manera al uso diario de nuestras palabras. Cuando no sabemos emplearlas, nos ponen en un aprieto; cuando nos faltan para expresar lo que pensamos, padecemos nuestra escasez de vocabulario; cuando hablamos con prisa, atropelladamente, puede ser que suprimamos vocablos y que no nos entiendan; cuando nos preguntan lo que no sabemos, sentimos vergüenza, es decir, estamos en serios apuros. El título del libro desea resumir nuestra precaria situación lingüística y, al mismo tiempo, ser un llamado de atención para que se conciencie el poder que poseen las palabras. Hay ejemplos que espeluznan: “Se habla español en varios idiomas”; “Recibió una inesperada sorpresa”; “Las y los medicamentos aumentaron de precio”. El afán exacerbado de inclusión ha llevado a quien escribió el último ejemplo a ponerle género masculino y femenino al sustantivo.

-¿Cómo se relaciona esta obra con los títulos anteriores?

-El libro surgió de los titubeos escritos y orales de los hablantes, que revelan inseguridad y falta de formación lingüística. ¿Cómo puede ser que un locutor diga “Hubo edificios atacados por los ataques” o que, en el titular de un diario, se escriba “exesivas exigencias”, en lugar de excesivas exigencias, o que, en un zócalo televisivo, aparezca la construcción “buques navales”? Se relaciona, pues, con los anteriores en destacar los errores que se cometen por la prisa o porque debe estudiarse más nuestra lengua. Pero también hay capítulos que pretenden enseñar otros temas como el uso de los apodos, qué son los palíndromos y los semipalíndromos, o el trauma de la vejez en el vocabulario de la vida cotidiana. Cuando escribía el libro, recordé que, una vez, un alumno me dijo: “Profesora, mi sabiduría está en estado de coma”. En ese momento, valoré su honestidad transmitida con humor y me propuse seguir escribiendo para que “la sabiduría” despertara de ese sopor o sueño profundo.

-¿Qué recomendaciones haría a los periodistas para no repetir tantos desaciertos como los que enumera?

-Sé que deben trabajar mucho y que el tiempo los presiona, pero tienen que preocuparse por decir bien y escribir mejor estudiando su lengua. Hay muchas obras para consultar y suprimir las dudas que evidencian sus caídas lingüísticas. Por supuesto, hay periodistas a los que da gusto escuchar por su formación cultural y por su sintaxis limpia, por el uso de preposiciones adecuadas, sus verbos precisamente correlacionados, sus perfectos gerundios de anterioridad, de simultaneidad o absolutos. Siempre insisto en que su labor es didáctica.

-¿Por qué dedica varios ensayos al tema de la vejez y en qué medida el tabú de la vejez se evidencia en el lenguaje?

-Advierto que la vejez, cuyo único paliativo es vivirla con lo que nos dicta nuestra vida interior, nuestra edad biológica, que es distinta de la cronológica, se ha convertido en un tema central en nuestra sociedad desde el punto de vista afectivo y hasta despectivo. Se habla sobre la vejez, se escriben artículos y libros sobre la vejez, historietas sobre esta etapa de la vida, que debe estar llena de ternura, de amor, de caricias, de abrazos. No olvido una historieta de Tute, quien lo resume de maravillas: “¡Todavía no tengo edad para tener la edad que tengo!”. Esa es la actitud. Hasta se maneja un vocabulario sobre la vejez: senescente, viejazo, vejestorio, envejecimiento saludable. Ya no basta con la “juventud acumulada”, ya los hablantes se refieren a la “vejentud”, término usado hoy en Cuba, El Salvador y el Uruguay, según el registro académico, y a la “vejestud”, no registrada aún; en ambos casos, mezcla de vejez y juventud. Todas las edades de la vida merecen respeto, y sus integrantes, ser tratados con generosidad, gratitud y comprensión. Mi preferencia por esta etapa de la vida viene de muy lejos, pues tuve cuatro abuelos maravillosos, que no olvidaré jamás, que, con una sencillez sublime y un corazón muy grande, me dijeron que “la felicidad es hacer felices a los demás”.

-¿Qué tratamiento se le da a la muerte en el ciberespacio y a qué lo atribuye?

-La muerte es otra forma de la vida. El paso del tiempo y la muerte son los temas de todas las épocas y la preocupación de todas las personas. Jorge Luis Borges escribió que “la muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres”. Por supuesto, en el ciberespacio, como ocurre en la oralidad y en los libros, aparecen expresiones para nombrar la muerte con la máscara del eufemismo, por ejemplo: el desenlace, el fin, el fin terrenal, el final del viaje, el silencio final, el eterno descanso, el sueño eterno, el sueño sin sueños, la partida, el último acto, el nuevo nacimiento, etcétera. No pocas veces, oímos “ya se fue”, “ya partió”, “nos ha dejado” porque cuesta decir murió o falleció. Además, son tan productivos el sustantivo muerte y el adjetivo y el sustantivo muerto que han dado origen a expresiones que repetimos día a día casi sin advertirlo y que, en muchos casos, se alejan de su significado literal: estar más muerto que vivo; asunto de vida o muerte; es un muerto político; ¡buen muerto nos ha caído!; hace un calor de muerte; ¡ni muerta te lo voy a decir!; este trabajo es la muerte; argentino hasta la muerte. Al mismo tiempo, su proximidad crea sintagmas como está listo; está pidiendo pista; está terminado; le falta poco; está en la etapa final; está en las últimas. Más aún, a veces, asume el grado superlativo: estoy muerto de amor, es decir, muy enamorado y hasta extremadamente enamorado.

-¿Qué conlleva el acto de apodar y cuáles son los mecanismos habituales de ese recurso tan extendido?

-Algunas veces, se apoda por afecto (“Manzanita”, “Corazón”); otras, para destacar intencionalmente un defecto físico o moral de la persona (“el Rengo”, “la Nariguda”; “la Dedos Ágiles”, “el Soplón”), o para provocar e insultar: “Dumbo”, “el Pibe Velorio”, “Paladar Negro”, “Bebesaurio”; “Mala Sombra”. También los hablantes crean apodos cuando perciben algo especial en la persona con quien hablan: “el Meloso”, “la Tsunami”, “Salivita”. En las noticias policiales, aparecen frecuentemente apodos y alias para identificar a los que incurrieron en delitos: “el Zurdo”, “el Tanque”; “la Flecha”; “Pepe Tumba”; “la Viuda Negra”.

-¿El uso del español en la Argentina tiene diferencias notables con los usos en otros países?

-Las diferencias que se perciben en la lengua de los distintos países de habla española son, sobre todo, de léxico, fónicas y de entonación. Lo importante es que no se altere la sintaxis, que esta responda al sistema gramatical de nuestra lengua, que sea panhispánica para que la comunicación sea clara. El voseo, rasgo característico del español de la Argentina, no es privativo de nuestro país, pues también se usa en Bolivia, Chile, algunas regiones de Colombia, Costa Rica, El Salvador, Nicaragua, el Paraguay, el Uruguay y en algunos estados de Venezuela. ejemplo, en nuestro país, el voseo es pronominal y verbal (vos tenés); en el Uruguay, es, sobre todo, verbal (tú tenés); el de Chile presenta cierta peculiaridad con la aparición de la i en la forma verbal de segunda persona del singular (tú tenís). En el área rioplatense, también usamos el yeísmo rehilado, sonido semejante a “sh”, y algunas voces del lunfardo.

-¿Hubo una “edad de oro” del uso del español en la Argentina?

-Creo que, en ningún país, puede hablarse de “edad de oro” respecto del uso del español. Cada época tiene sus características y sus usos. Tal vez, la escuela de otros tiempos era más prescriptiva que la actual y transmitía con su prédica que el idioma debía cuidarse. De cualquier modo, hoy ha aumentado la preocupación por escribir mejor; no tanto, por hablar mejor, y esto es grave. No obstante, falta mucho todavía. Hay que seguir trabajando, estudiando y aprendiendo. No deben dejarse a un lado las normas locales, tan valiosas como las generales. Cada país tiene las suyas y deben respetarse, a pesar de existir la normativa panhispánica, cuyo objetivo es la unidad en la diversidad.

-¿Cómo evalúa el vínculo de Academia Argentina de Letras con la sociedad y con la RAE?

-La Academia siempre tuvo las puertas abiertas a los requerimientos sociales, por lo tanto, nuestra relación con la sociedad es óptima, pues tratamos de satisfacer todas sus inquietudes lingüísticas y bibliográficas, y tratamos de mantenerla actualizada con las nuevas publicaciones. Así lo demuestran el valioso trabajo del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas, que recibe diariamente las consultas de los hablantes; las integrantes de la Biblioteca Jorge Luis Borges, que atienden con suma idoneidad las de estudiantes, docentes e investigadores, y el Departamento de Publicaciones. Con la Real Academia Española, colaboramos continuamente en sus proyectos como lo hacen las demás Academias, con las que formamos parte de la Asociación de Academias de la Lengua Española.

-¿En qué sentido las palabras tienen magia?

-Hablo de “magia” porque hay en cada palabra algo o mucho para descubrir; siempre hay que ir al corazón de la luz. No podemos quedarnos solamente con el significado. Cada letra que forma una palabra tiene un valor propio, una historia y un porqué. Cada letra sugiere y oculta algo, porque también significa. La voz palabra tiene cuatro consonantes, p, l, b, r, y tres vocales que son aes. Los fenicios, verdaderos inventores del alfabeto, le dieron a la primera consonante el nombre de peh, que significa ‘boca’, lugar del hálito de la vida; con ella, nos unimos al seno materno; con ella, pronunciamos nuestra primera creación. Los griegos la transformaron en pi, y los romanos, en P. La a tiene su cuna en el alph de los fenicios con la denotación de ‘buey’ por su remoto parecido gráfico con la cabeza y los cuernos de ese animal. Luego, los hebreos la llamaron aleph, y los griegos, alfa. El primer lugar de la a en el abecedario nos habla del principio, y como reza el Evangelio de San Juan, “al principio era el Verbo”. El alfabeto fenicio también nos habla de los orígenes de la l. Esta letra recibía el nombre de lamed, ‘cayado’, pues representa el palo con que los pastores azuzaban a los bueyes. Los griegos la llamaron lambda, y los romanos, L. La b, beth para los fenicios, evoca la ‘casa’. Se la considera la más dulce de todas las consonantes labiales. Y, tal vez lo sea, porque el Diccionario de Autoridades (1726-1739), del que homenajeamos sus trescientos años de publicación, dice que “besar” es “pronunciar la letra B tácitamente...”. La consonante r, resh entre los fenicios, que para algunos es una P que marca el paso, se relaciona, desde sus orígenes, con el movimiento recio y con la fuerza. De acuerdo con el alfabeto fenicio, significa ‘perfil’. La vibrante múltiple permite que la lengua se desplace de dentro a fuera, que se desentrañe. Hemos descubierto que este sustantivo palabra, que es nombre de todos los nombres, tiene su ambiente; guarda en sus entrañas una especie de pastorela, ese canto sencillo y alegre que acompaña a los pastores: una casa, tres bueyes, un cayado y una boca para los decires del alma. Recordemos que Jesús es el Buen Pastor, y que palabra deriva de parábola; de ahí nació parabla, y de esta, por metátesis, palabra, que significa, etimológicamente, ‘habla’. Un poema oculto en un solo vocablo. Si nos detenemos más, hallamos, en el interior de palabra, otra voz, casi una forma imperativa, labra (del latín, laborare), que nos invita a pensar, a trabajar el pensamiento con pasión, a cincelarlo, en estado de trascendencia, pues escribir es labranza, ascesis, milagro espiritual. Escribir es abrir el surco para conmemorar luego la siembra.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/alicia-maria-zorrilla-hay-ejemplos-que-espeluznan-como-inesperada-sorpresa-y-las-y-los-medicamentos-nid05062026/

Comentarios
Volver arriba