Adam Smith, economista: “Ninguna sociedad puede ser próspera y feliz si la mayor parte de sus miembros son pobres y miserables”
El 5 de junio de 1723 nació en Kirkcaldy, Escocia, Adam Smith, el economista que fundó las bases de la ciencia económica moderna y cuyas ideas siguen siendo citadas —y disputadas— tres siglo...
El 5 de junio de 1723 nació en Kirkcaldy, Escocia, Adam Smith, el economista que fundó las bases de la ciencia económica moderna y cuyas ideas siguen siendo citadas —y disputadas— tres siglos después. En la Argentina de Javier Milei, su nombre se convirtió en referencia permanente del oficialismo. Pero hay una paradoja: el propio Ministerio de Economía que conduce Luis Caputo publicó días atrás una semblanza del escocés que matiza, y en varios puntos contradice, el libreto libertario.
El texto oficial reconoce que Smith “nunca creyó que el mercado fuese perfecto o funcionase automáticamente” y que “admitió que un mercado de comercio totalmente libre era una utopía”. También aclara que el economista “no apoyó un sistema anárquico, sin normas ni leyes”.
Son concesiones que difícilmente encajan con la retórica de Milei, quien en discursos recientes invoca a Smith para defender la desregulación total y la apertura comercial sin matices. “La regulación es casi tan violenta como los propios impuestos”, dijo el presidente, y puso como ejemplo la derogación de la ley de alquileres, que según él duplicó la oferta de propiedades y redujo los precios reales un 30%.
Milei también suele citar el ejemplo más célebre de Smith: el de la fábrica de alfileres, con el que el escocés ilustraba cómo la especialización de tareas multiplicaba la productividad. “La división del trabajo depende del tamaño del mercado. ¿Cómo podemos hacer para ampliar el tamaño del mercado? Abrir la economía”, razonó el Presidente en uno de sus discursos, parafraseando las primeras páginas de La riqueza de las naciones (1776).
Las críticas históricas a Smith han apuntado principalmente a su idea de que la economía de mercado es la herramienta para alcanzar el bienestar social mientras cada individuo persigue su propio interés, lo que se condensó en la metáfora de la mano invisible.
Smith era dueño de un pensamiento profundo. De allí, surgió una de sus frases más célebres: “Ninguna sociedad puede ser próspera y feliz si la mayor parte de sus miembros son pobres y miserables”.
Pero esa lectura, según el propio Ministerio de Economía, es parcial. El texto oficial subraya que Smith no concebía al ser humano como “un individuo frío y egoísta, sin ninguna ética y sólo preocupado por sus intereses materiales”. Nada más lejos de la realidad, señala la publicación: Smith fue precisamente catedrático de Filosofía Moral en la Universidad de Glasgow.
Su obra más querida —al menos para él— no fue La riqueza de las naciones, sino Teoría de los sentimientos morales (1759), donde describía la empatía como la mayor virtud humana. El libro comienza precisamente ahí: no en el egoísmo, sino en la capacidad de sentir lo que siente el prójimo. Fue además en esa obra filosófica, y no en la económica, donde apareció por primera vez la famosa “mano invisible”: la idea de que el interés personal, sin proponérselo, podía orientarse hacia el bien colectivo.
“El progreso más importante de la capacidad productiva del trabajo y la mayor parte de la habilidad, con que éste se aplica o dirige, parecen haber sido consecuencia de la división del trabajo”, decía Smith.
Su formación intelectual tuvo un giro decisivo en 1764, cuando, instalado en París, conoció a François Quesnay, fundador de la escuela fisiocrática y padre del principio laissez faire, laissez passer. Esa influencia fue determinante para La riqueza de las naciones, que introdujo por primera vez los métodos científicos aplicados a la economía y planteó una tesis rupturista: la riqueza de una nación no proviene de los metales preciosos ni de los recursos naturales, sino del trabajo. En los cinco libros que componen la obra, Smith analiza la división del trabajo, los salarios, el uso del dinero, el precio de los bienes, los beneficios del capital y la renta de la tierra.
Smith murió el 17 de julio de 1790 en Edimburgo, donde vivía con su madre y su prima Janet Douglas. Trescientos tres años después de su nacimiento, su legado sigue siendo campo de disputa. Y en la Argentina, donde el debate sobre el rol del Estado y el mercado raramente baja la temperatura, hasta el Gobierno que más lo reivindica parece tener dudas sobre cuánto Smith es demasiado Smith.